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Trabajo de la misión capuchina  I

 

Por los años 70 debido a la apertura a través de la selva virgen de la carretera petrolera Quito- Lago Agrio-Coca llegaron a la amazonia miles de colonos en busca de nuevas tierras. A pesar de la falta de medios de comunicación en aquella época la noticia se regó como pólvora por toda la zona del Napo. Fue una mala noticia para la población indígena que se ubicaba, en ambas orillas y a lo largo de los grandes ríos Napo, Payamino, Coca y Aguarico. La gente se sintió acorralada contra las riberas de los ríos  ya que la colonización empujaba de atrás. Venía desde la serranía, por dentro de la selva hacia las comunidades que vivían junto al agua de los grandes ríos, según el trazado de las vías de penetración a los pozos, desde Lago Agrio

A partir de las carreteras, los colonos avanzaban irresistiblemente y se iban extendiendo por todas partes, cada vez más al interior y hacia los poblados indígenas, apareciendo los lotes como cortes cuadriculados sin vegetación que dejaba la selva talada de árboles. Los nativos se sentían amenazados por esta masiva invasión nunca vista y que se parecía a una marabunda de hormigas que devoraba todo a su paso. Sintieron escasear la cacería y achicarse sus territorios. Algunos surcaron el río Napo hacían las cabeceras para ver a los colonos que ya se asentaban en la naciente población de Coca y a pocos kilómetros de la confluencia de  los ríos Napo, Coca y Payamino donde tenían sus parientes.

La primera reacción fue acogerse a las noticias propagadas por el IERAC (Instituto Ecuatoriano de Reforma Agraria y Colonización) que ofrecía lotes de terreno de 50 hectáreas y títulos de propiedad individual, previa la cancelación económica del precio correspondiente de la linderación. Fue un duro ataque al concepto cultural de territorio ancestral comunitario que trizó a muchos “ayllus”. Algunos se avinieron a ello y demarcaron sus lotes como los colonos (“runa-colono” les llamaban). Pronto comprendieron que los lotes de terreno de 50 hectáreas daban para poco, pues ellos estaban acostumbrados a movilizarse por extensos territorios. No les agradó la propuesta de lotizar la tierra de la selva, ellos pensaban en territorio comunal y en sus recursos, que les eran más valiosos que la tierra pelada y dividida que pronto se agotaría y quedaría copada por los descendientes debido a su aumento demográfico acelerado y a sus modos de vivir en amplios espacios no en cubitos de tierra.

Además, casi la totalidad de la población indígena del Napo, no contaba con las partidas de nacimiento emitidas por el registro civil, por la sencilla razón de que no había oficinas ni presencia del Estado. Mucho menos se podía contar con cédulas de identidad, documento indispensable para registrar sus títulos o ejercer actividad civil alguna. Estos territorios eran considerados como deshabitados, sin gente. Además el IERAC exigía la organización en cooperativas agrícolas para acogerse a los derechos de la reforma agraria que acompañaba al desarrollo económico y social planificado para la amazonia.

Los misioneros habían venido a la región algunos siglos antes, la misión capuchina se hizo cargo de la zona después de la invasión peruana del 41 y yo llegué al río Napo al comienzo de la colonización. Todavía la carretera petrolera no llegaba a  lo que hoy es la ciudad de Coca. El bus que nos traía de Quito nos dejó a 18 kilómetros del Napo junto al río Coca en el Cañón de los Monos y llegamos al puesto de misión junto al Napo en un tractor petrolero. Todavía no había ciudad, era un simple caserío indígena de casitas de pambil y de hojas de palma. Solo se destacaban algunos campamentos de la compañía Texaco y las estructuras de la misión: casa, escuelas, aeropuerto de tierra y botiquín.

Los misioneros nos dimos cuenta rápidamente de la imprevista y precaria situación en la que se encontraba el pueblo indígena originario, asediado por las petroleras y por los colonos que ocupaban agresivamente sus tierras. Ni las compañías los contrataban como peones petroleros por falta de papeles de ciudadanía. Los nativos no existían en su propia tierra ancestral y sin papeles no eran ciudadanos ecuatorianos. Sin embargo la explotación petrolera se hacía en nombre del Estado. El eslogan del IERAC y del militar INCRAE (Instituto Nacional de Colonización de la Región Amazónica Ecuatoriana) eran: “una tierra sin hombres para unos hombres sin tierra”. Se avecinaba una catástrofe social. Había que hacer algo urgente. Al efecto se trabó contacto con un joven indígena, Humberto Andi, que comprendió rápidamente el problema y la misión a emprender, y sin perder tiempo se comenzó a trabajar con la gente dispersa de las haciendas. Días, meses y años de recorrer el río Napo de arriba, abajo, hablando de Registro Civil, de Cedulación, de Organización, de Tierras ancestrales y Titulación.

La población indígena vivía en haciendas de patrones mestizos, antiguos capataces caucheros que los empleaban en mantener potreros, lavar oro estacionalmente y recoger productos de la selva (alimentos, arroz, pieles, bejucos de escoba…) en un sistema de semi esclavitud llamado “concertaje”. Alguien escribió que “desde Tena hasta Nuevo Rocafuerte no existe ningún hombre libre” (Mon. Spiller). Desde los primeros años de la llegada de la misión (1953) se trabajó denodadamente por la educación, salud y liberación de las deudas económicas que los nativos tenían con los patronos y constituía una situación de esclavitud eterna. Todos eran esclavos antes de nacer. Nadie nacía libre. La deuda pasaba de padres a hijos y aumentaba con el paso de los años.

Sin hombres libres no se podía emprender ninguna actividad civil o política. Había que enfrentarse a varios problemas, algunos resultaban familiares para los misioneros como la religión, la  educación, la salud y la cultura, pero los problemas de la colonización y del petróleo eran inéditos y había que adoptar una postura de firmeza y contundencia ente estas nuevas realidades que se imponían. Después de la llegada de los primeros  colonos y compañías, por los años 70, los misioneros reestructuraron su plan de trabajo pastoral y se organizaron para dar cara al problema que se les venía encima: crearon y fortalecieron el centro CICAME (Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonía Ecuatoriana) con 4 misioneros que pusieron en la isla de Pompeya su cuartel general, con un ambicioso programa:

1)Investigación socio-cultural, 2)Publicación de información comunitaria y elaboración de libros y folletos, 3)Lengua kichwa y traducciones, 4)Organización y toma de conciencia socio-cultural y de derechos humanos, 5)preparación técnica en antropología, lingüística y pastoral latino americana (IPLA); además de la atención pastoral y religiosa normal que se venía haciendo en todo el Napo Bajo ecuatoriano. Se procedió a la preparación intensa de líderes para el trabajo social y organizativo en las haciendas y se hablaba en kichwa. Como yo no sabía todavía la lengua lo hacía Humberto Andi a quien acompañaba, los demás la sabían. Se visitaban las haciendas mensualmente y se reunía a los líderes periódicamente en Pompeya (de 15 a 20 en cada grupo) donde se les instruía en temas especiales de concientización y después se les enviaba a realizar misiones de toma de conciencia social y de organización por toda la ribera del Napo y afluentes.

Un primer paso, que se dio a partir de los cursos de preparación de líderes fue la planificación y salida a Quito de un grupo de 23 indígenas naporunas para presentar los problemas de la población nativa a distintas instituciones del gobierno y a la prensa capitalina (El Comercio). La misión de los comisionados era decir: “aquí también hay ecuatorianos con derechos ancestrales”: pedimos que se desplace hacia nosotros con urgencia una brigada de Registro Civil y Cedulación y se haga presente el MAG (Ministerio de Agricultura y Ganadería) para la organización de comunas y la formación de una federación. Fue toda una odisea, tanto la preparación, la marcha en buses, pues nunca habían usado ese medio de transporte, la estancia en la fría capital de los ecuatorianos, el mal de altura que no les permitía respirar caminando, la visita a los ministerios y el accidentado regreso, debido a los derrumbes y taponamiento de las carreteras. Por fin se llegó de regreso a las comunidades con muchas promesas positivas y sueños en la cabeza.

Como fruto de la salida a Quito, a los pocos meses llegó la brigada de Registro Civil y Cedulación que después de mil peripecias (fuga y retención de la brigada en los centros, escasez de material fotográfico y formularios de registro civil…)  se logró cumplir, en parte con el objetivo de la brigada. Sin esperar a los resultados incompletos de la primera brigada de cedulación, llegó un equipo del MAG con cuyo trabajo se formaron las primera 21 comunas jurídicas, suficientes para crear la respectiva Federación jurídica UNAE (Unión de Nativos de la Amazonía Ecuatoriana). Posteriormente con la petición de cambio de nombre y de su razón de organización social agraria de segundo grado a organización política que se intentó con FECUNAE, se perdió la personería jurídica de UNAE. FECUNAE nunca fue organización jurídica y funcionó por muchos años como organización fantasma perdiendo toda su credibilidad.

A partir de estos dos requisitos fundamentales (cedulación y personería jurídica)  se exigió al IERAC los derechos a la demarcación de los territorios ancestrales de las comunas jurídicas y los respectivos títulos de propiedad. El IERAC se negó, tanto a la demarcación de los territorios como a la entrega de los títulos de propiedad comunitarios. Su política de colonización era: la demarcación de lotes de 50 hectáreas y la entrega de títulos individuales. ¿Cómo romper este “cuello de botella”? Se emprendió una campaña de concientización para la toma de tierras bajo el eslogan de “con títulos o sin títulos estas tierras son nuestras” que determinó y ejecutó la llamada auto linderación. Cada una de las comunas jurídicas aprobadas y las que se fueron formando a partir de ellas, a su voluntad demarcaban sus tierras tradicionales. La consigna era la de no dejar espacios libres entre comunidades, ya que no se pudo conseguir que el Estado entregara la totalidad de los territorios de la nacionalidad naporuna. Solo tres pequeños espacios quedaron sin ser ocupados por títulos comunitarios: Providencia, Pañacocha y Tiputini que actualmente son el centro de duros problemas sociales, territoriales, habitacionales y culturales (Manta Manaos, ciudades del milenio, colonización, presencia militar).

 Desde el primer momento se dejó sentir que el gran problema indígena era el territorio. Nadie tenía tierra propia y por lo tanto el futuro del pueblo naporuna no estaba asegurado. El Estado era el dueño absoluto de todo el espacio amazónico y lo repartía a voluntad: compañías petroleras, madereras, mineras, colonización, militares, terratenientes. La gente indígena no contaba en estos repartos. Las tierras eran baldías pues no había ciudadanos  ecuatorianos en estas selvas que las reclamaran por falta de documentos de registro civil. Los nativos contaban lo mismo que los animales salvajes y los árboles selváticos. “Tierras baldías y de salvajes” se escribía en los mapas amazónicos de la época. Era una tierra sin ley y no había presencia del Estado que se hacía representar por el ejército, las compañías o las misiones religiosas. La tierra pertenecía a los que el Estado entregaba, al que primero llegaba, al más fuerte o al que con más influencia económica y política contara. No había estructuras administrativas ni organización cooperativa o comunal, los patronos y petroleros eran los dueños de vidas y selvas. Nos ganamos la oposición de los grandes. Fue una guerra fría pesada, intensa y de procesos lentos de lucha de baja intensidad dentro del concepto indígena de “lucha cultural”, que ha ido aflojando con el tiempo y la presión petrolera.

Se inició la concientización sobre los derechos a la organización y al territorio ancestral partiendo de cero. Por decisión de las comunas naporunas jurídicas se determinó la toma de tierras ancestrales según las leyes, que la ejecutaron con toda contundencia. Provistos de una brújula, hachas y machetes las comunas delimitaron sus tierras. Abrieron  la selva en mangas de 5 metros de anchura para demarcar el territorio de cada comunidad: después en mingas los van manteniendo limpias todos los años hasta el presente. Son trabajos faraónicos que les llevó meses su realización con tan simples y rudimentarios medios. Se estableció contacto con una organización (DED) alemana que ya trabajaba en la implantación de un programa de salud en las incipientes comunas del Napo y que consistía en la creación de botiquines comunitarios, formación de promotores y dotación de medicinas; después llevada adelante por dos sacerdotes de la misión (José Luis y Javier) que fundaron el programa de salud “Sandi Yura” dando un gran impulso a la salud en toda la ribera del Napo. Tenía sus oficinas y almacén de medicinas en el Coca desde donde se distribuían a los botiquines comunitarios. Algunos promotores de salud, como Santiago Santi del Edén tuvieron gran protagonismo en posteriores investigaciones sobre el cáncer causado por el petróleo y salud comunitaria que se plasmó en el libro “yana Curi”, escrito por Miguel Sansebastián, misionero laico y director durante muchos años de Sandi Yura después que salieron José Luis y Javier.

 Se  pidió a la DED que ampliara su acción para la solución del “cuello de botella” ocasionado por el gobierno y  era el gran problema para el programa agrario de demarcación y titulación territorial. Ellos aportaron con topógrafos y con la ayuda de los comuneros fueron delimitando los territorios ya autolinderados, que luego presentaron al IERAC para la aprobación oficial, incluidos los informes de linderación y los respectivos croquis comunitarios. Después de vencer con sagacidad algunas reticencias institucionales se firmó un convenio: el IERAC daba el visto bueno al trabajo realizado por la DED, aprobaba los mapas comunitarios con sus respectivas cabidas y se comprometía a entregar los títulos de propiedad a cada comunidad. El equipo alemán trabajó muchos años y delimitó la mayor parte de las comunas.
Durante todo este proceso he vivido y acompañado a las comunas del río Napo y la misión capuchina he promovido y participado en el movimiento comunitario con personal y pertrechos en las duras y en las más duras.

Achakaspi

CI 1703999019

25 de mayo del 2016

 


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