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Relojes con mecanismo

relojes sin mecanismo

 

Hay dos tipos de título de propiedad en la amazonia ecuatoriana: 1) Los títulos de las comunas: sin mecanismo de desarrollo económico, fantasmas, ilegales, como cuerpos sin nervios, mantenidos por el Estado y las empresas extractivas y 2) los títulos válidos: con mecanismos, los del Estado y las compañías. Los títulos de propiedad de los territorios indígenas son instrumentos oficiales sin mecanismos de funcionamiento, vacíos y estériles económicamente. Ciertamente que a los mecanismos de los títulos de propiedad comunitarios los han invisivilizado y su tramitación se vuelve laboriosa, interminable y aburrida. Mejor no intentarlo, pero el desarrollo está en que aprendamos a hacer funcionar ese mecanismo. Nos va la vida.

El mecanismo de los títulos de propiedad del territorio debe contar con unos buenos instrumentos o derechos empresariales que ayuden al desarrollo económico autonómico de la comuna: organización empresarial y autoridad, responsabilidad limitada, poder comunitario que ayude a superar lo patrimonial (intereses personales e individuales) para proteger el capital de la empresa; distinguir claramente entre los derechos de la familia, el clan, la comunidad y los derechos de la empresa: gerencia profesional separada de los intereses familiares y políticos; poder para emitir acciones para recibir inversión, acumular activos y transferir valores tangibles e intangibles de la empresa.

Culturalmente los títulos de propiedad y la organización indígena tienen estas ventajas, pero nunca se han promocionado. Operan sin responsabilidad limitada, con alto riesgo y sin crédito ni capital. El sistema de propiedad comunal distingue entre bienes propios y bienes de la comuna, pero no tienen activos para garantizar crédito, ni aportar capital a una empresa. El título de propiedad colectivo no ha dado acceso a la ley del ahorro comunitario del capital que permita organizarse productivamente. Las comunidades tienen herramientas, pero al no operar su maquinaria están atrofiadas. El estado tiene que ser proactivo, movilizar y apoyar el funcionamiento de ellas. Eso sería revolución ciudadana ¿Por qué para obtener un crédito se exige lotizar la tierra comunitaria, un título de propiedad personal? Práctica inconsulta que está llevando a retacear el territorio comunitario, metiéndolo en el mercado de tierras que destruye su estructura, provocando su desaparición. También se está vendiendo el cuento de la microempresa (pollos, peces, sastrería….) sin hábitos de mercadeo y sin mercado. ¡Todo por las santas alverjas de los funcionarios del Estado!

Estamos al lado del petróleo, la madera, el turismo, la palma africana, el Manta-Manaos… es justo que tengamos la posibilidad de integrarnos en ese entorno productivo como nos pide la Constitución (Art. 57). Hay que delimitar la propiedad del petróleo y de cualquier otro proyecto que corresponda y utilizar esos beneficios para crear corporaciones, contar con ahorros suficientes y meterse no solo en la microempresa sino en la empresa. Eso permitiría contar con poder económico y político para proteger el territorio y aplicarse a cualquier profesión económica: pesca, agricultura, madera, medicina, turismo… Es el título el que genera y llama al capital ¿Qué tiene la comuna indígena para conseguir inversiones, crédito, tecnología…? Nada. Porque en lugar de luchar con el título de propiedad y con todos sus mecanismos y funciones, nos meten en la cabeza la corrupción y la idea de que lo indígena no es compatible con el negocio. Hemos olvidado los valores culturales y organizativos del “ayllu” y nos va muy mal. El “mishu pahu” nos está matando. Esa es la fatal conquista de la que no nos hemos liberado.

La única manera que tienen las comunas indígenas de proteger y defender sus territorios en el siglo XXI es con poder económico, y solo hay poder económico con propiedad y cultura. Si se quiere desarrollo de acuerdo a la propia cultura e identidad hay que poner a la par cultura y desarrollo en las comunas. Hay una expúrea legalidad que excluye a los pobres de la actividad empresarial. Hace de los títulos de propiedad una simple hoja de papel y no la llave de relaciones económicas que crea prosperidad. Nuestros orígenes no nos hacen personas especiales, pero si no nos hacen hombres más bien nos debilitan.

Desde la llegada de los españoles la tierra es algo que ha estado en discusión. Siempre se ha luchado por el territorio. Por ser un elemento disputable se lo debe cuidar y defender. Los territorios permanecen intactos cuando se los defiende, cuida y hace producir, pero se los pierde cuando, como ahora, se los defiende para solo mantenerlos y ordenarlos según los planeamientos de los Estados que imponen sus prioridades de desarrollo nacional e intereses económicos exclusivos. Actualmente las comunidades han perdido el control del territorio. Se defienden débilmente de las petroleras que los ocupan. Tierras arrebatadas inconsultamente por la codicia del Estado y la prepotencia de las empresas. Son motivo de crítica y preocupación las actividades arbitrarias del Estado, la llegada de mestizos a las ciudades del milenio, el saqueo del territorio por parte de las empresas y la conducta inadecuada de sus líderes.

Esta lamentable situación comenzó con la ocupación de los territorios en el siglo XVI y el inicio de la explotación de los recursos por los españoles: oro, plata, canela, algodón, caucho, ganadería, petróleo y agroindustria. A la vez que, les “civilizaron” con otra cultura, impusieron otra religión y convencieron de que los recursos naturales son los únicos valores que merecen la pena, cualquier otra relación con ellos (cultural, espiritual) es ignorancia y atraso. Aunque no del todo asimilada esta propuesta occidental constituye un problema insoluble de choque cultural. ¿Cuáles serían actualmente, las exigencias de la lucha cultural por el territorio?:

No abandonar los territorios y defenderlos para salvar el momento presente

No lotizar los territorios ni regalar los recursos naturales, no dejarse dividir por intereses personales y la compra de conciencias.

No donar lotes de terreno a instituciones. Oír la voz del propio territorio que nos interpela.

No firmar papeles: oficios, convenios, contratos. Se firman sin entender lo que dicen.

No hablar en español, sino en lengua kichwa.

La invasión petrolera que se ha implantado sobre los territorios titulados ha dejado a las nacionalidades indígenas reducidas a simples comunas jurídicas, separadas y peleadas unas con las otras, dependientes del patrón Estado y peones de las petroleras por el sueldo mínimo. Las empresas son las dueñas del territorio y los recursos naturales por el engaño (promesas), la consulta previa o la ley en la mano. Las comunas están acorraladas. Hay que romper el cerco y pelear por la autonomía económica, organizativa y cultural: ¡shuk shunkulla, shuk yuyaylla, shuk makilla! El territorio no es negociable ni se vende. Es el motor de la sobrevivencia, del desarrollo cultural y el crecimiento económico. El indígena no comprende como un carterpillar valga más que los gigantescos árboles que destruye, obligándole a huir. ¡Los contempla anonadado derrumbarse estrepitosamente en el suelo de la selva! No se imagina que por el petróleo que está en su seno de su territorio se arrase la selva que lo cobija, mate los animales y contamine el agua de sus ríos, haciéndolas venenosas, portadoras de enfermedades y productoras de hambre. Se satanice a los pueblos originarios para manipular la opinión pública, se los capture y mantenga presos en el CDP del Coca por meses, sin sentencia ni investigación y se “boten la pelotita” con una pésima práctica profesional judicial para ocultar un genocidio.

Es “inverosímil” pensar que las plantaciones de la agroindustria valgan más que la tierra que la compran barata, se vuelve desértica y extranjera por el macrocultivo de plantas importadas (palma africana, caña de azúcar, topa, malanga, teca, soya, maíz transgénico, cacao…) que exigen la tala y fumigación masiva de especies nativas, medicinales y maderables; la muerte de los animales y la posibilidad de transitar por ellas, pues se encuentran defendidas por alambradas y guardias armados que los amenazan.

Resulta lamentable ver cómo el Estado, ausente por tantas décadas, aparezca de pronto con la propuesta de aumentar los montos económicos para inversión e infraestructura: salud, educación, empleo, movilidad, comunicaciones, electricidad…, a condición del apoyo gracioso al extractivismo petrolero, Yasuní-ITTI y la necesidad de la población de trabajo, sueldos y bienestar.

La lucha por el acceso legal a la tierra no ha terminado. Dura más de 40 años y cada vez tiene más dificultades, trabas jurídicas y burocracia. La legendaria búsqueda de “la tierra sin males” es una paradoja, pues se encuentran y acumulan tantas incertidumbres, miedos y males sobre ella que se ha hecho maldita, nos quedamos sin tierra ¡La tierra es un mal! Estamos atados a mecanismos de dependencia que se traducen por: votar, callar, bailar, emborracharse y corromperse al ritmo de políticos y políticas, petroleras y dirigentes que han probado la “manzana prohibida” de la plata.

Las sociedades indígenas amazónicas tienen extendida ante sí y sobre sus culturas la sentencia de muerte. Están descartadas, estorban al desarrollo. Sus territorios están en la mira. “Nos sentimos marginados y discriminados por ser indígenas. Queremos adaptarnos al desarrollo, pero hemos caído en la tentación del individualismo mestizo y la corrupción”, dicen. Vivimos en un mundo cristiano y creemos que Jesús no vino para decir a los indígenas que dejen de ser indios. No es un colonizador blanco, Jesús es un libertador. El indígena cristiano que piense en dejar de ser indio para ser “hombre” no puede ser buen cristiano, aunque se lo hayan dicho más de una vez. Colonizar, civilizar, integrar… no son verbos cristianos.

 

Achakaspi

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