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TAGAERI-TAROMENANI

Las crueles incongruencias de la civilización

 

Cuando uno ha vivido durante muchos años en “el infierno verde de la selva” llega a ser testigo de inimaginables e incivilizadas incongruencias. ¿Pueden imaginarse a alguien de corbata y títulos académicos aprobando la masacre a balazos de indígenas con lanzas? Sería como rezar la oración del Hermano Francisco al revés. Me refiero a la plegaria de San Francisco por la paz recitada a coro por los “halcones del petróleo”, los madereros y petroleros, puestos de rodillas ante una torre de perforación iluminada con miles de luces de colores como un árbol de Navidad, enmarcada entre gigantescos árboles de cedro y caoba, pidiendo así:

Hazme Señor,

instrumento de genocidio,

Allí donde hay amor, ponga yo odio,

Allí donde hay perdón, ponga yo rencor,

Allí donde hay armonía, ponga yo discordia

Allí donde hay verdad, ponga yo error,

Allí donde hay fe, ponga yo duda,

Allí donde hay esperanza, ponga yo desesperación,

Allí donde hay luz, ponga yo obscuridad,

Allí donde hay alegría, ponga yo tristeza.

Haz, Señor, que busque

No hacer el bien, sino el mal,

No comprender, en lugar de comprender,

No amar, cuanto matar la vida.

Porque, cuanto más robo más felicidad siento,

Cuanto más mezquino, acabo con el indio,

Exterminando a inocentes es como voy al limbo,

Y matando es como aseguro la vida eterna.

Amén.

Con motivo de la conmemoración de los 25 años de la muerte de Monseñor Alejandro Labaka, obispo de Aguarico y de la hermana Inés Arango, escribí un recordatorio de aquellos sucesos, con el título: “Hace 25 años”, del que entresaco algunas cosas: “… Los 12 orondos hombres en torno a la mesa eran, en su mayoría, personeros de la petrolera Braspetro y acababan de decidir la entrada inconsulta a los territorios de la comunidad Tagaeri para comenzar los trabajos de prospección sísmica. No había más que decir ni objeciones que presentar. El Gobierno exigía a la compañía el comienzo inmediato de las operaciones hidrocarburíferas y acabar con los que se opongan.”

Allí estaban también los dos hombres a quienes se había pedido el trabajo de “pacificación”. Enrique Vela que iría escoltado por sus mercenarios armados “shiwiar” y Alejandro Labaka solo, al que no se le admitió razón alguna ni la moratoria que pedía. Después de unos pocos días moría alanceado junto con la hermana Inés a manos de los que quería salvar del exterminio. Había escrito: “Si no vamos nosotros los matarán”. Por el momento su muerte los salvó.

Lo que he escrito es un recuerdo de hace 27 años. Hoy día se está dando la misma incongruente realidad. Nada ha cambiado, más bien hemos disminuido en humanismo. Estamos en los mismos frentes de lucha que encararon, por una parte Alejandro y los Tagaeri-Taromenani y, por otra, los mismos ilustres personajes que toman decisiones sobre “vidas y haciendas” y manejan el petróleo. En el año 2003 hubo una matanza a balazos de Tagaeri-Taromenani de 25 a 30 individuos, la mayoría de ellos mujeres y niños y en el año 2014 otra masacre a balazos al mismo grupo étnico en la que mataron de 20 a 30 Taromenani, en su mayoría también niños y mujeres. Para los sobrevivientes, diezmados y acosados, la actual situación es peor. Sin saber por qué, tienen que huir o erráticamente tirar las últimas lanzas. Están atrapados, sanduchados entre muros de carreteras y fronteras de bloques petroleros, entre colonos invasores y waoranis que los acechan, entre la indiferencia, la insensibilidad y el racismo de funcionarios de corbata, anillos de oro en sus dedos afeminados, títulos de excelencia y la política extractiva del Estado de los recursos naturales que principalmente debían ser para ellos.

Estamos siendo testigos de la dramática incongruencia del asesinato de gente inocente, cuyo único delito sería el haber nacido y querido vivir en el Paraíso amazónico, en cuyas prístinas selvas sin saberlo, se ocultaba el oro negro del petróleo. Cuando los buscadores de tesoros lo encontraron se abalanzaron ávidos y se lo apropiaron sádicamente a sangre y bala, hollaron sus casas y territorios ancestrales con ruidosos bulldogers, los acorralaron, transformándolos en “refugiados ecológicos” y decretaron que “los temibles guerreros de madera” debían morir por osar defender sus derechos a vivir, con armas de palmera de chonta. Cuando dejen de fabricar lanzas para medirse con los fusiles de sicarios pagados, habrá desaparecido también este último refugio de madera en la selva libre. Ya no habrá selva, porque no habrá hombres. Solo quedarán petroleros. En el entorno, a su vez se erguirán torres de perforación de acero y las raíces de los árboles se volverán tuberías metálicas llenas de petróleo que alegrarán el corazón negro del amo del tesoro en su almidonado mundo civilizado.

La incongruencia surealista es también la de sacar a estos pueblos ancestrales del curso de la historia, calificándolos irónicamente como “presuntos”, que “quizá” existan. “No hay ningún indio en estos territorios”. Para los petroleros y el gobierno “los Tagaeri son una invención”. Y los inventados incluyen los cadáveres de Monseñor Labaka y de la madre Inés, que los convierten en una leyenda. “A estos indios no los queremos aquí ¿Quién les ha dicho que salgan de las fronteras que les hemos trazado dentro de la zona intangible?” gritaba furiosa la Ministra. Son sentencias rotundas y muy sabias de jueces y ministros con las que legalizan el exterminio de una nación india. Los invisibilizan y ocultan para despojarlos del derecho de ser recordados por la historia. De esta manera lavan sus conciencias de culpa y pena y liberan al mundo de la nefasta creencia en fantasmas.

Los conquistadores del siglo XVI dudaban de que los indígenas americanos tuvieran alma. “Los Taromenani son peor que los animales, porque ni siquiera son comestibles”, dicen ahora algunos. Frases de la misma raíz genocida creadas para estas ocasiones por personeros ilustres, antropólogos, sociólogos y pueblo son: “allá entre indios”, “es una guerra entre clanes”, “justicia indígena”, “entre indios que se maten si siempre se han matado”. “Qué importa un puñado de indios que ni producen ni consumen”. Racismo e indolencia civilizada de los que nos preciamos de tener unas leyes que promueven la diversidad lingüística, la pluriculturalidad, la plurinacionalidad, el respeto a los derechos humanos y a la vida; pero que al criminalizar el derecho más elemental a la defensa del territorio y de la vida, descargamos sobre “ellos” la responsabilidad total de los efectos colaterales, provocados por nosotros. Cuando la salida oficial del sistema es echar la culpa al otro por decir y ejecutar una verdad justa, se decretan “cacerías de brujas” y se buscan “chivos expiatorios” para descargar sobre ellos las culpas. Se estaría indicando a la vez una irresponsabilidad institucional pública invencible y una debilidad de coordinación entre los diversos niveles de gobierno que generan ante la sociedad elevados niveles de incertidumbre y confusión.

¿Cómo explicar la incongruencia de que los salvajes eran aquellos enjambres de civilizados que con su tecnología de punta, destrozaban árboles centenarios, mataban millones de animales y de plantas medicinales desconocidas con una determinación y saña que rozaba la inconsciencia? ¿Cómo explicar que las intenciones políticas eran las de ayudar a poderosos grupos económicos para que se hagan cada vez más ricos a expensas del exterminio de sociedades primitivas privilegiadas que han durado, como la tierra y el bosque, desde los albores de la creación y que ahora los ofrecen en sacrificio al dios progreso, quemados con la leña de los árboles del paraíso en la pira maldita del altar del dólar?

 

Achakaspi

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