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CUARESMA

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40 días de...oración

Dicen que las mujeres son capaces de distinguir muchos más colores que los hombres. Sin embargo, cuando miro la paleta de colores del ordenador veo y distingo una infinidad de tonos diferentes. Así que he llegado a una conclusión bastante simple y evidente: mi problema no está en la vista sino en mi ignorancia. En el colegio sólo me hablaron de los siete colores del arco iris y nadie me enseñó cómo se llamaban los diferentes tonos de azul. Y como tampoco me dediqué a la pintura nunca tuve el dilema de elegir qué tono de color comprar para pintar el mar en un día nublado (y que alguien me contó una vez que era el verde vejiga).

Por suerte sí he encontrado muchas personas que me han ayudado a poner nombre a las cosas que suceden en mi interior y en mi oración. Porque entre mis sentimientos y pensamientos hay una gama enorme de vivencias, emociones, llamadas y dudas. En mi interior hay todo un mundo de voces, ruidos y reflexiones que surgen de mí, de los que me rodean, de mi comunidad y también de Dios.

Sin duda que la oración me ayuda a entender mejor todo eso y a entender mejor a Dios. Es ese espacio de encuentro donde entre todo el ruido de mi corazón he aprendido a distinguir y a poner nombre a una palabra que no viene de mí. Una palabra que hace mi vida más honda, más rica y más profundamente feliz al abrirme a Dios y a los otros. En la oración aprendo a distinguir y poner nombre a aquello que viene de Dios. Encuentro palabras para hablar y compartir con otros sobre ello. Y sobre todo voy aprendiendo a elegir los colores que me ayudan a llenar mi vida por dentro y por fuera con las tonalidades que mejor conjuntan con el paisaje que quiere pintar Dios en el mundo.

Roberto Arnanz

40 días de... reconciliación

Si necesitamos un don en nuestro tiempo ese es el de la reconciliación. La anhela nuestro corazón y los lugares violentados de nuestro mundo. Hay tantos miedos que nos llevan a cerrar fronteras, a formular juicios, y a establecer divisiones...y hay Alguien empeñado en hacernos hombres y mujeres capaces de perdón: de amar a las personas tal como son y de hacerles presentir, más adentro de sus heridas,  su propia belleza.

No podemos desear un mundo más reconciliado si no trabajamos cada uno por obrar esta reconciliación adentro y para eso necesitamos sentirnos de la misma pasta que los demás, igual de torpes y de necesitados. Dios reconcilia en Jesús (asume en él, abraza en él) toda la historia humana, y esta es la buena noticia: que somos aceptados de manera irrevocable sin tener que sacar nada de nosotros, sin tener que ocultar nada.

Celebrar la reconciliación es acoger, una y otra vez,  este “Sí” a nuestra vida, a cada vida, con todo. Y sentir, por unos instantes, conciliada nuestra existencia, nueva bajo otra luz. A través de gestos muy sencillos, en tantos escenarios cotidianos, entregándonos unos a otros, hasta setenta veces siete, esa voz que vale una vida entera: “te quiero y te perdono”.

Hace unos años una amiga me decía que por mucho que lo intentáramos nunca llegaríamos a amar tan libre y generosamente como Jesús, y entonces le di la razón,  pero me impresionó descubrir que lo que se nos regala es “el mismo Espíritu” que a él le llevó a amar y a perdonar así… ¿Por qué no podría llevarnos también a nosotros si Le dejamos?

Mariola López Villanueva

40 días de... tentación

La primera imagen de la tentación fue una manzana. Una fruta roja, recia, carnosa y brillante. Su aroma penetró hasta los tuétanos de nuestros ancestros. Ellos no se sabían desnudos hasta que probaron una piel frutal tan atractiva y madura que no les dejó ver lo viscoso del reptil que se la ofrecía. Luego llegó el frío y la vergüenza.

Nos atrae la superficie de las cosas, justo aquello que brilla, aunque sea fugazmente y solucione nuestra hambre o nuestra sed. Creemos que con sólo un mordisco podemos saciar nuestras ansias de no ser uno más de la creación, de sentirnos diferentes, reconocidos y valorados. Tiempo después lo superficial sigue siéndolo y el reconocimiento, el abrazo, el aplauso o el beso muestra su rostro de plástico, o se consume, como muda su piel la serpiente.

La tentación va a estar siempre ahí, como manzana o como piedras que se convierten en pan; como aplauso buscado desde la cornisa del mundo o como rodilla que se dobla ante la promesa de un ídolo malvado. Siempre va a estar ahí, buscando mi hambre y mi sed, conociendo donde piso, ofreciéndome novedad en el vergel y consuelo en las grietas de mis desiertos. Lo humano es ser tentado, lo de Dios lo puedes encontrar en tu interior.

José de Pablo, sj

40 días de... camino

Vivo en el mundo de los “enredos”: prisas, agobios, problemas y conflictos, miles de relaciones fugaces, ando cargado de trabajos, estudios y compromisos… tengo la sensación de que el mundo va una velocidad de vértigo que me supera. Me doy un respiro. Paro, me siento, y comienzo a tomar conciencia de mi propia confusión y caos. Se me van “abriendo los ojos” y me pregunto: ¿qué sentido tiene todo esto? ¿Hacia dónde voy? ¿Dónde me lleva este ritmo de vida? Y empiezo a despertar como de un sueño. De nuevo, surge el deseo de reorientar mi vida.

Y descubro que toda esta experiencia no es nueva, no es la primera vez que me pasa. Mi historia está llena de caídas y nuevos intentos. Pero no desespero. Porque es Él, ese Dios que siempre está ahí, quien me trata como un maestro de escuela trata a un niño: enseñándome. Y me enseña que mi vida es un camino: que cada caída, crisis, enredo es una oportunidad para vivir de forma más auténtica; que es Él quien sigue dando continuidad a mi historia; que es su pedagogía, a veces extraña, la que me convierte, desbloquea, ilusiona y me impulsa a seguir haciendo camino. Un camino que, al andarlo, me abre a nuevos horizontes. Un camino, mi camino… que quiero seguir aprendiendo…

Quique Gómez-Puig, sj

40 días de... limosna

A veces el dolor se padece más que se siente. Ayer volví a ver a Juan.

No sé, me impresiona mucho su mirada, abatida, triste, de petición. Me lo encuentro todos los días a la puerta. Siempre con un gesto sencillo, con su mano dispuesta. Rostro de necesidad. Mano que pide sencillez.

De repente, sentado en mi sitio, en el silencio, recuerdo las palabras del evangelio. Aquella invitación de Jesús, fíjate y atiende, a los gestos pequeños. A fijar la mirada en la viuda. En la moneda. En el gesto.

Algo de esto tiene vivir desde la limosna. Que somos invitados a dar, pero dar supone renunciar a algo propio. A lo mío. Dar es caer en la cuenta de yo también puedo. Ofrecerse. La propuesta ahora me parece más clara que antes. No se trata de dar mucho, sino de darlo todo. Lo que se tiene, no lo que me sobra. Es poner algo de misericordia en lo que se vive. Una mirada que sabe leer entre líneas, que está atenta a la sed de compasión de aquellos que te rodean. Una forma de relacionarse con los otros de otra manera. No es un dar y recibir continuo. Sino que se trata de hacer a los otros partícipes de lo mío. Compartir lo que tengo. No es sacar de la bolsa, sino sacar del corazón. Expresión de un amor.

David Cabrera, sj

40 días de... ayuno

El primero de esos cuarenta días recibió una llamada que le dijo que sería cuestión de meses. El día cuarenta la llamada revelaba que ya sólo sería cuestión de horas.

Y así padre e hija se vieron en la tesitura de elegir de qué ayunar y con qué saciarse en esa cuaresma. El padre enfermo ayunó de casi todo: de soberbia, de responsabilidad, de trabajo, de hacer la compra, de conducir, de decidir, de autonomía… Se hizo obediente en la enfermedad. La hija, pretendiendo ser Marta y María, ayunó de tiempo para sí, de compromisos adquiridos, de voluntariados, de misas, de reuniones, de su lugar habitual de trabajo… Ayunó de excusas y de distancias, de largos tiempos sin verle, de indiferencia… Se hizo hija en la enfermedad.

Todo aquello de lo que ayunaron dejó un vacío inmenso que sólo el amor podría llenar. La exigencia del amor (y no otra) se impuso entre estas dos vidas que tanto se habían buscado apasionadamente y que por fin se encontraban. Los cuidados de ella encontraron respuesta en los besos de él. Las miradas de él encontraron respuesta en los abrazos de ella.

Ayunaron hasta la muerte y se saciaron de amor para la VIDA.

Leticia Alonso


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