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LOS CAPUCHINOS Y LA CULTURA

EN LA AMAZONIA ECUATORIANA

 

capuchino Juan S. Ortiz de Villalba, lingüista, traductor y narrador

Profa. Dra. Isabel Serra Pfennig

Grupo de Investigación HISTRAD[1]

Universidad Autónoma de Madrid

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Recebido em: 01/02/2014

Aceito em: 01/03/2014

 

Resumen: Los nombres de misioneros franciscanos y capuchinos que han pasado a la historia de la actividad evangelizadora son muy numerosos y han destacado como grandes organizadores de misiones, como incansables viajeros y promotores de grandes expediciones e importantes descubrimientos. Uno de estos personajes, descubridor de algunos lugares de la Amazonía ecuatoriana es Juan Santos Ortiz de Villalba (Elgoibar 1939), filósofo, teólogo, arqueólogo y antropólogo quien desde su primera andadura por tierras amazónicas a los veinticinco años se dedico a recuperar a través de sus obras el fascinante legado de las culturas indígenas. Con un vasto conocimiento de los pueblos de la Amazonía ecuatoriana, Ortiz de Villalba ha respetado y propagado su lengua y su cultura y con ello evitado la extinción cultural de pueblos milenarios.

Palabras clave: Traducción misionera. Estudios etnográficos. Capuchinos.

 

The Capuchin S. Ortiz de Villalba, linguist, translator and narrator

Abstract: Franciscan and Capuchin Friars can be counted by hundreds. They have been not only great mission organizers but they are also regarded as travellers, big expedition promoters and discoverers. One of the outstanding characters in the discovery of Ecuatorian Amazonia is Juan Santos Ortiz de Villalba (Elgoibar 1939), philosopher, theologist, archaeologist and anthropologist who since his first adventure in the Amazonia at the age of 25 has provided us with a fascinating written legacy of the native tribes. Thanks to his vast knowledge of the people in the Ecuatorian Amazonia, Ortiz de Villalba has respected and revealed Amazonian language and culture, avoiding the cultural extinction of this millenarian population.

Keywords: Mission translations. Ethnographic Studies. Capuchins.

 

O capuchinho Juan S. Ortiz de Villalba, linguista, tradutor e narrador

Resumo: Os nomes dos missionários franciscanos e capuchinhos são muito numerosos e, para além de terem sido grandes organizadores de missões, destacam essencialmente como viajantes incansáveis, promotores de grandes expedições e importantes descobrimentos. Uma destas personagens, descobridor de algumas zonas da Amazónia equatoriana é Juan Santos Ortiz de Villalba, (Elgoibar 1939), filósofo, teólogo, arqueólogo e antropólogo, quem, desde a sua primeira incursão pelas terras amazónicas, com vinte e cinco anos, oferece através das suas obras um legado fascinante das culturas indígenas. Com um vasto conhecimento dos povos da Amazónia equatoriana, Ortiz de Villalba respeitou, divulgou a sua língua e a sua cultura, evitando assim a extinção cultural de povos milenários.

Palavras-chave: Tradução missionária. Estudos etnográficos. Capuchinhos. In-Traduções, ISSN 2176-7904, Florianópolis, v. 6, n. esp.– El escrito(r) misionero como tema de investigación humanística, p. 222-236, mar 2014. 223

 

1. Introducción

Las obras publicadas por los misioneros sobre la difusión de la lengua española y su contacto con otras lenguas y culturas, y a su vez la traducción de sus respectivas obras, no sólo representan una labor fundamental para la comprensión y la promoción de los estudios etnográficos, sino que también son un pilar fundamental para el conocimiento y difusión de otras culturas. A lo largo del tiempo, los misioneros han dejado constancia de su quehacer diario a través de sus indagaciones sobre el mundo cultural, antropológico y místico de los indígenas, compartiendo no solamente el espacio físico sino también el cultural y espiritual. Su misión de compromiso y mediación y su fuerza espiritual han sido fundamentales para la divulgación del conocimiento. A través de sus contribuciones y sus fuentes documentales pasan a iluminar con luz propia la realidad histórica.

2. Caracterización de la presencia franciscana en Iberoamérica

Por lo que a la contribución evangelizadora de la Orden franciscana en Iberoamérica se refiere, encontramos una amplia bibliografía, de la que mencionaremos aquellas obras que puedan servir de análisis introductorio al presente trabajo, que en aras de la brevedad, aqui omitimos, ya que aportan un claro conocimiento de los espacios y culturas habitadas por los misioneros. Entre un gran elenco de obras, cabe destacar los siguientes estudios: Los primeros Franciscanos en América. Isla Española, 1493-1520 de Mariano Errasti, O.F.M., nacido en el País Vasco. En esta obra, Errasti sintetiza de forma clara y concisa la historia de los primeros franciscanos que llegaron a La Española y la presencia de estos y su expansión por todo el continente Iberoamericano. Esta obra, que por su contenido constituye un legado histórico y cultural, es también la huella documental de unos misioneros que estuvieron en permanente contacto con otras lenguas y otras culturas, y a través de su compromiso y mediación nos han concedido con sus testimonios un material imprescindible para el conocimiento de otras culturas. Los franciscanos en América, texto del insigne historiador, escritor y sacerdote franciscano Antolín Abad Pérez (1918-2007), quien fuera también director de la revista Archivo Ibero-Americano, constituye otra obra de referencia. En esta obra, Abad Pérez recopila y detalla el proceso de establecimiento y transformación que sufrió la orden franciscana desde el siglo XV hasta el siglo XIX en América. Así es como define la esencia de los misioneros:

[...] estos hombres, quizá porque conocían el sudor, la fatiga y el cansancio de su ajetreada existencia, lucharon con otros climas, otros soles y fríos, pero también con otros paisajes, donde otros hombres, enamorados de su selva, de sus pampas, de su montaña, siempre cubierta de nieves, pero amantes de su libertad no coartada, prefirieron esa libertad y esos espacios abiertos a toda imposición y leyes, a todo lo que supusiera freno a esa libertad e independencia, que para ellos era vida, y vida muy querida y sentida. (ABAD PÉREZ, 1992, p. 15)

Manuel A. García Arévalo, en la presentación de la primera obra citada, nos da cuenta del espíritu con el que se emprendió el descubrimiento y la conquista de América a juzgar por las instrucciones de los Reyes Católicos a Colón de 29 de mayo de 1493:

[...] el objetivo principal de la expedición era la evangelización de los indios, además de establecer un activo intercambio comercial con las etnias nativas, mediante el sistema de rescate o trueque, e iniciar la explotación de los recursos naturales, así como la organización política y administrativa del nuevo emplazamiento ultramarino. (ERRASTI, 1998, p. 9)

Fue este un objetivo que los misioneros franciscanos tuvieron en cuenta desde el comienzo de su misión. El historiador americanista Francisco Morales Padrón expresa que la conquista “encerró siempre dos dimensiones: una material y otra espiritual” (ERRASTI, 1998, p. 9). A pesar de ser dos mundos opuestos, aunque implícitos, llegaron a sintetizarse en una sola cultura. Y al respecto hay que tener en cuenta como motor fundamental de estas actuaciones en lo material y en lo espiritual la labor y el apostolado de la Orden Franciscana. A continuación esbozamos brevemente las líneas generales de esta actuación entre los indígenas, siguiendo las exposiciones de los autores mencionados.

Los primeros franciscanos se establecieron en 1500 en La Española en un provisorio solar en la orilla izquierda del rio Ozama, y desde allí se extendieron por todo Iberoamérica. Pues bien, desde la llegada de los frailes franciscanos a tierras iberoamericanas, estos emprendieron, entre otras muchas tareas y como la más urgente, el aprendizaje de las lenguas nativas para poder cumplir con su quehacer pastoral. No sólo dieron albergue en sus conventos a los hijos de los caciques, ocupándose del adoctrinamiento y la enseñanza, sino que además se enfrentaron a los graves problemas surgidos durante la colonización: la reivindicación de la justicia y la defensa al indio, ocasionados por el abuso de poder propio de la conquista.

Mariano Errasti sintetiza en su obra el aporte humanista de la Orden Franciscana, que reduce a los siguientes puntos:

a. La defensa y la dignificación del indígena, oprimido por la conquista violenta y por el sistema de la encomienda;

b. Las exploraciones hechas por los franciscanos en los territorios marginales del continente americano, para “reducir” pacíficamente a sus pobladores y evangelizarlos, integrando en esta labor cristianizadora los valores de orden temporal;

c. El establecimiento de una sociedad y una Iglesia “indianas”, es decir que estuvieran de acuerdo con la cultura y los derechos de los nativos;

d. El estudio y el cultivo de los idiomas, de la historia y de la etnografía de los pueblos indígenas (ERRASTI, 1998, p. 11).

3. Labor franciscana en Ecuador y la exploración del Amazonas

Son innumerables los nombres de franciscanos que destacan como incansables viajeros, promotores de grandes expediciones y descubrimientos, como grandes organizadores de misiones desde comienzos de la andadura franciscana por tierras ecuatorianas. Es necesario señalar al padre Marcos de Niza, primer franciscano que llegó a Ecuador en 1533. Un año más tarde lo hizo el padre belga

Jodoco Rycke, quien ha pasado a la historia como “el apóstol de Ecuador”. A esto se añaden Pedro de Goseal y Pedro Rodeñas escogidos por el padre Juan de Granada, para comenzar su labor misionera. Así surgió un modesto convento, el de San Francisco en Quito, en la actualidad conocido como “El Escorial del Nuevo Mundo”, al ser un imponente conjunto arquitectónico de grandes dimensiones y una joya de la arquitectura continental por su amalgama de diferentes estilos perfectamente combinados. A este le siguieron los conventos de Santa Clara de Pomasqui, San Juan de Cotocollao y San Jorge de Perucho, que fueron centros de una expansión misionera vertiginosa expadiéndose por otros países durante los siglos posteriores. Para evitar la exposición prolija del progreso de la Orden franciscana en Ecuador remitimos entre otras, a la obra de Origine Seraphicae Religionis de Francisco de Gonzaga (1586) quien constata en sus escritos que tan sólo en la provincia de San Francisco de Quito ya contaban en aquella época con 11 conventos y 20 misiones (ABAD, 1992, p. 204).

Además del compromiso al servicio evangelizador, es decir, la difusión de la religión cristiana, introdujeron los modos de vida y las formas de civilización y cultura grecorromana. Como se ha mencionado anteriormente, fue fundamental por parte de los misioneros el contacto con las lenguas indígenas y su actuación en la exploración del Amazonas.

A lo largo de los siglos fueron muchas las órdenes religiosas que se ocuparon de la exploración del Amazonas con el fin de confraternizar con los indígenas. Uno de los padres que destacaron en el conocimiento del Amazonas fue el hermano Pedro Pescador, quien entre los años 1632 y 1634 encontrándose en la ciudad de Quito, se estableció en una misión cerca del río Napo, en la confluencia de este con el Marañón, en Chiquitos, donde perecería a manos de los indios. Gracias a los relatos y crónicas de aventureros y misioneros que ocuparon la parte del Amazonas en territorio ecuatoriano, tenemos noticias de los pueblos indígenas que habitaban el territorio, entre los que cabe destacar a los despectivamente caliicados como aucas (salvajes), llamados huaorani por sus vecinos los quíchua. El primer contacto con esto indígenas lo realizaron los jesuitas hacia 1658. Estos indígenas habitaban una vasta zona comprendida entre los ríos Napo, al norte, y Curaray, al sur. Desde entonces, muchos han sido los motivos que han llevado a serios conflictos con los indígenas: Cierto es que el proceso de conquista y colonización anuló no sólo las costumbres y las creencias de estos sino también su identidad cultural.

Si bien tenemos bastantes testimonios sobre la presencia de las misiones españolas en América y Asia durante los siglos XVI, XVII y XVIII, dichos testimonios son mucho más escasos durante los siglos XIX y XX debido a muchas causas, entre ellas, las leyes de Mendizábal que promulgaron la desamortización y venta de bienes pertenecientes a las comunidades religiosas de España. Obligados por la ley y por los torbellinos políticos, las órdenes religiosas acuden a universidades eclesiásticas, fundamentalmente en Italia, donde completaron su formación cultural y académica, con ello tenían una mejor preparación para establecerse en ultramar y reorganizar así los Colegios Misioneros de antaño. Gracias al Archivo y Biblioteca de la Provincia Franciscana de Cataluña se han podido publicar manuscritos que, en caso contrario, hubieran sido condenados al olvido. Un ejemplo es la obra del padre franciscano José María Vila Campasol (1849-1945)[2], misionero catalán, ejemplar descubridor y explorador de amplias zonas del Amazonas. En esta obra se detallan sus correrías por tierras ecuatorianas, peruanas y brasileñas. Vila Campasol exploró rutas en el Amazonas durante veintisiete años y descubrió poblaciones indígenas hasta entonces desconocidas. El único sustento era lo que cazaba y pescaba. Sus hazañas han quedado relatadas en una reciente obra: Vida y obra de J.M. Vila, misionero franciscano en América y Asia de Antonio Gil Albarracín (2003).

4. Labor de los Capuchinos en Ecuador y su exploración del Amazonas

Entre las muchas órdenes religiosas que habitaron tierras iberoamericanas hay que mencionar también la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos (OFM Cap), fundada en 1525, que profesó inicialmente la vida eremítica pero tras el Concilio de Trento (1545-1563) suspendió este tipo de vida para establecerse en conventos. Dejaron un buen recuerdo de sus virtudes, de su culto religioso, de su pobreza y de su fervor en los lugares donde habitaron. Quedaba lejos el tiempo en que los religiosos solo se dedicaban a la oración, a la predicación, a oír confesiones y al ejercicio de los demás ministerios sacerdotales, para pasar a ser grandes partícipes de la historia. A través de sus escritos, relatos y andanzas por el Nuevo Mundo nos ofrecen un legado histórico, social y cultural fundamental para entender la realidad de los indígenas.

Entre los años 1900 a 1920 quedó abandonada la región del Napo con la expulsión de los Padres Jesuitas. Pero la Iglesia vio la necesidad de proveer misioneros que se ocuparan de esta región, y encomendaron las misiones a los padres Carmelitas.

En la confluencia de los ríos Napo y Aguarico, donde se encuentra la frontera natural entre Ecuador y Perú, se encuentra Cabo Pantoja, donde en 1941 se produjo la invasión de los peruanos en Rocafuerte lo que provocó serios disturbios entre Perú y Ecuador. Por este motivo, sucesivas órdenes religiosas fueron encargadas de poner paz a varias revueltas, donde participaron la Misión Josefina y más tarde la Misión Capuchina.

Son muchos los nombres de Capuchinos que dejaron un legado fundamental en el conocimiento de las culturas indígenas quienes con su contacto aprendieron, respetaron y propagaron su lengua y su cultura, y además evitaron la extinción de pueblos milenarios. Entre ellos, están los vascos Camilo Mújica y Alejandro Labaka (Beizama 1920-1987), este último, a pesar de haber tenido su primer encuentro pacífico con los indios en 1976, murió junto a la monja colombiana Inés Arango en 1987 a manos de los Tagaeri, un grupo del cacique Taga que habita en la ribera del río Napo. Estos se consideran pertenecientes a la etnia de los huaorani.

Millones de años permaneció la selva con su hábitat en silencio hasta la llegada de la explotación del caucho y, mucho más terrible, la explotación de petróleo, que obligó al territorio Auca a defenderse de las invasiones y de la destrucción del hábitat de sus habitantes. En la actualidad la conciencia ecologista y defensora de los derechos humanos ha calado hondo también en algunas empresas petroleras. Un ejemplo es el caso de Repsol que ha creado un espacio que fomenta la comprensión de la realidad amazónica.

A través de su fundación, la empresa ha ejecutado una serie de proyectos como la creación del nuevo museo etnográfico de Pompeya que fomenta el conocimiento de las culturas indígenas, así como un Centro de Información y Archivo sobre las culturas indígenas; este último tiene un acervo de veinte mil documentos históricos que fueron digitalizados por gestión del programa[3]. Gracias a la fundación CICAME (Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonía Ecuatoriana) y la actual fundación Alejandro Labaka, nos ofrece un legado fundamental para el conocimiento de la selva amazónica ecuatoriana, cuyo interés fundamental ha sido propagar y reivindicar la cultura, la lengua y los derechos de los indígenas.

5. Juan S. Ortiz de Villalba: misionero, filósofo, teólogo, antropólogo, arqueólogo, agricultor, cazador, narrador y traductor.

De las muchas publicaciones que existen sobre la selva acuatoriana nos centraremos en las de Juan Santos Ortiz de Villalba Urbieta (Elgoibar 1939), apodado “chinicuro”. Además de ser el fundador de CICAME, también fue director del museo indígena de Pompeya, en el corazón de la Amazonía. Hombre amable, bonachón, audaz y sabio que ha paseado el arte de su vida por el mundo, realizando sus estudios de enseñanza primaria en el Seminario religioso de Alsasua en Navarra. Siguió estudios de filosofía en Zaragoza y Teología en Iruña. Entró en la Orden de los Capuchinos en 1959, y a partir de 1965, a sus 25 años, se fue a la Misión Capuchina de la Prefectura Apostólica de Aguarico, en la selva amazónica ecuatoriana. De aquella época data Saber Estar. Mi primer año en la selva amazónica, una mezcla de historia, recuerdos, sueños y anécdotas, y como el autor dice “a ritmo de motor y remo” por el río Napo y “añadiéndole algunas notas necesarias del cajón de mi escritorio”. Esta obra está publicada recientemente por la fundación CICAME (2010).

Desde 1971 estudió Antropología y Arqueología en México, regresando a la selva amazónica como el mismo autor se define “hecho un sabio” y viviendo de nuevo con su gente y su cultura hasta 1989. Seguidamente fue a estudiar chino a Hong Kong, permaneciendo allí durante seis años, a continuación se fue a vivir a Manila, donde siguió haciendo su trabajo en una misión denominada Reino del Centro (Tsun Kuo). De nuevo en Iberoamérica trabajó más de doce años con Miguel de la Quadra Salcedo en su famosa Ruta Quetzal, desempeñando la función de capellán para un abigarrado número de adolescentes. Actualmente, habiendo cumplido con creces su “saber estar” en el mundo, lleva una plácida vida familiar en Barcelona y le divierte seguir escribiendo[4].

5.1. Obras de Juan S. Ortiz de Villalba. Los últimos Huaorani

A pesar de la dificultad de los etnohistoriadores en ponerse de acuerdo, por falta de fuentes primarias, los primeros documentos históricos han llegado a manos de los misioneros en el siglo XVII, pero son insufientes para precisar con exactitud la existencia de muchas de las etnias indígenas.

Entre un copioso número de obras[5], Ortiz de Villalba narra en Los últimos Huaorani (1980) la fascinante historia de los “Aucas” de la selva ecuatoriana. En esta obra, Ortiz de Villalba escribe sobre el primer contacto de la Misión Capuchina con los huaorani y sus ataques en defensa de su territorio. A pesar del carácter supersticioso y visionario de algunos nativos, el autor nos cuenta un estremecedor relato del ataque de esta etnia en defensa de su territorio Auca[6] en la región del río Napo.

En la presentación de la obra ya nos alerta de ser “una historia de tragedia, de valor y de suspenso” (ORTIZ DE VILLALBA, 1980, p. 9), y añade también ser “una llamada de atención a la conciencia insensible de los poderosos, y un canto de entrega y de amor de unos pocos a la causa de los humillados” (ORTIZ DE VILLALBA, 1980, p. 17). Toda esta región amazónica, en principio, estaba a cargo de la Misión Josefina, pero ante la imposibilidad de atender a multitud de grupos, pasó a ser lugar de las misiones Capuchinas, así es como lo relata su autor:

En la nueva Misión de Aguarico solamente estaban habitadas las orillas de sus ríos más importantes, y se incluían dentro de ella las tierras Aucas del Indillama, Tiputini, Tihuacuno, Cononaco y Yasuní. Al norte quedaban restos de las antiguas migraciones Chibchas y Tucanas: Cofanes, Sionas, Secoyas y Tetetes. En total, unas diez mil personas ocupando un territorio de 28.000 Kms² aproximadamente[7]. En esta obra se pueden observar con mucha exactitud elementos etnográficos y antropológicos de una vasta región boscosa que ocupa parte de un acceso muy difícil de la selva ecuatoriana, y es, sobre todo, una crítica a la poca eficacia de los medios gubernamentales ante la incapacidad de conseguir una armonía entre la diversidad de grupos indígenas, produciéndose trágicos enfrentamientos entre ellos y otros habitantes de la zona. Además de los mencionados asesinatos de misioneros, han tenido lugar muchas otras muertes en esta vasta franja amazónica. Las más recientes, según fuentes de la Misión Capuchina del Vicariato Apostólico de Aguarico en 2003 y 2010, a manos de la etnia huaorani y en defensa de sus territorios ancestrales. En un reciente artículo del capuchino Miguel Ángel Cabodevilla, gran conocedor y estudioso de este pueblo, son llamados también Los pueblos ocultos de Ecuador y han sufrido recientemente una terrible matanza.

5.1.1. El origen de los huaorani

Los huaorani según su mítico origen nacieron del maíz. Según el mito, los huaorani aparecieron en el mundo cuando el maíz se convirtió en persona[8].

Dentro de su universo mítico también están los animales, los espíritus, los demonios, los árboles y los seres mitológicos.

Son muchas las manifestaciones culturales de los huaorani, pero es bastante difícil describir el desarrollo cultural de este pueblo indígena, ya que su vida se basa en un tiempo cíclico y no lineal, carecen de fechas exactas como poseemos en la cultura occidental. Así es como distribuyen el concepto del tiempo:

El tiempo lo miden en lunas y nunca más de tres ciclos lunares consecutivos (la palabra apaica (luna) también significa mes; y por estaciones, la estación de la chonta (daguenca tèrè, desde enero hasta abril), la estación de los monos cebados (yepenga tèrè, desde junio hasta agosto) y la estación del algodón silvestre (bouèca tère, desde septiembre hasta octubre), las tres relacionadas con la abundancia y calidad de alimentos y con el algodón silvestre[9].

También el tiempo cíclico dificulta la reconstrucción histórica para hablar del pasado. Hacen referencia:

[...] al tiempo que nuestros abuelos vivían” o lo que es lo mismo, hace mucho tiempo. Si abarca varios meses y años dicen huarepo “fue hace un tiempo” que se traduce dubè (de varias semanas a meses). Para hablar de ayer dicen iimo; ahora ñuhome y mañana que es la única palabra del futuro se dice baane. Es decir, el acento de su estructura de pensamiento está puesta en el pasado, que es recordado siempre, pero es una forma muy inexacta para personas con otra lógica de pensamiento[10].

Además, a la hora de hacer cálculos se sirven solamente de tres números, aroqui (uno), mena (dos), y aroqui go mena (tres). En cambio, cuatro, es mena go mena (dos y dos). El cinco es emempoqui (todos los dedos de mi mano)[11].

5.1.2. Sacha Pacha. Mitos, poesías, sueños y refranes de los Quichua Amazónicos.

Muchas otras obras de Ortiz de Villalba, despiertan un interés en el conocimiento de los territorios de la Amazonía ecuatoriana. Es necesario nombrar la cultura quichua a través de una de sus otras obras: Sacha Pacha. Mitos, poesías, sueños y refranes de los Quichua Amazónicos, de 1989. Ortiz de Villalba al hablar de los lugares narrados se expresa del siguiente modo: “Abarca toda la Alta Amazonía Ecuatoriana y parte del Perú, enmarcada por los ríos Putumayo al Norte, Pastaza, Bobonaza y Marañón al Sur, y la desembocadura del río Napo al Este”[12].

Veamos a continuación cómo Ortiz de Villalba relata el mítico paisaje amazónico donde se suceden las historias:

La selva intrincada con sus tambos de cacería, los ríos, las quebradas y las lagunas, son los lugares concretos donde suceden los episodios. Cualquier lugar no es apto para los enamoramientos, los encuentros con diablos o bellas mujeres. Existe una circunscripción natural como: los cerros (urcus), los lugares específicos, donde se encuentran las yerbas medicinales, los lamederos o abrevaderos (llaguanas) de los animales salvajes, las chorreras…Se excluyen los aguajales, los pueblos habitados, las cercanía de las casas, o cualquier otro sitio al alcance del hombre corriente. Cuando esto ocurre, las narraciones llevan el sello del mestizaje cultural[13].

En estos relatos Ortiz de Villalba hace una clara diferenciación entre “los lugares” donde se centran o bien los mitos, o los poemas, o los refranes, y en última instancia los sueños. En segundo lugar dentro de los mitos y los cuentos “los animales y las plantas” que aportan a la cultura quichua un significado muy específico, por ejemplo el Jaguar (Yaguar: significa sangre en quichua), símbolo de la fuerza y el liderazgo, aunque no de la astucia[14].

En cambio la anaconda es un ser maligno. Representa una forma del diablo, y en todas las leyendas son tratadas como diablos maléficos que aportan la muerte y el mal.

En tercer lugar, “los personajes” ocupan un lugar fundamental en los cuentos, y el personaje central es un brujo, con unas características bien definidas: Entre otras muchas, es un bebedor de jayahuasca, es un hombre libre de prejuicios; anda por la selva solo; encuentra mujeres y habla con ellas; se transforma en animal; es un personaje odiado y pelea con el diablo[15].

Y en cuarto lugar “Los diablos y las ayas” son de gran complejidad y siempre son personajes indeterminados, pueden ser cualquier ser maléfico que puebla la noche o la selva[16].

En cuanto a los poemas quichuas son de gran belleza y siempre relacionados con animales de la selva, elementos de la selva o bien cuerpos celestes, como el caso de La mujer sol: Poema de amor delicadísimo y de gran inspiración. La mujer amada se parece al sol que amanece, y desaparece tras las montañas después de haber iluminado la vida. El hombre que deja pasar el amor que llamaba a su puerta llorará al fin su descuido. Pero el amor nunca dice adiós, sino hasta luego[17].

Para finalizar es necesario nombrar el mundo de los sueños ya que es muy importante en la cultura de los quichuas, además los sueños pueden llegar a ser un indicador emocional en los seres humanos.

6. Conclusiones

Gracias a misioneros como Ortiz de Villalba y Miguel Ángel Cabodevilla, e investigadores más recientes como Laura Rival, sabemos a través de sus escritos y de sus experiencias la realidad y la diversidad de estas minorías tan peculiares. Nos han dejado constancia de una labor fundamental en el conocimiento de otras lenguas y otras culturas.

Permítasenos aludir por último a un pasaje de uno de los cuentos fascinantes sobre la selva amazónica traducidos por Ortiz de Villalba, tal y como se detalla en la presentación, refiriéndose a su autor: “lleno de amor por los hombres de esa selva”[18]. El cuenta se titula Sumac Quimba y representa la esencia de la selva amazónica:

El niño no sabía hablar más que el idioma de los indios; pero el Quimba y su mujer le enseñaban el otro idioma de ellos para que supiera más, y porque ellos no sabían hablar muy bien el de los indios. Pero al niño sólo le gustaba hablar con los indios y a veces se enfadaba con su padre. Pero también aprendió el idioma de sus padres. (ORTIZ DE VILLALBA, 1998, p.10)

 

Referencias

ABAD PÉREZ, Antolín. Los franciscanos en América. Madrid: Editorial Mapfre, 1992.

ERRASTI, Mariano, O.F.M. Los primeros franciscanos en América. Isla Española, 1493-1520. Santo Domingo (República Dominicana): Ediciones Fundación García Arévalo, 1998.

ORTIZ DE VILLALBA, Juan Santos. Los últimos Huaorani. Pompeya (Ecuador): Ediciones CICAME, 1980.

ORTIZ DE VILLALBA, Juan Santos. Había una vez en la selva. 3 ed. Pompeya (Ecuador): Ediciones CICAME, 1988.

ORTIZ DE VILLALBA, Juan Santos. Sacha Pacha. Mitos, poesías, sueños y refranes de los Quichua amazónicos. Quito (Ecuador): Ediciones Abya-Yala, 1989.

ORTIZ DE VILLALBA, Juan Santos. Saber Estar. Mi primer año en la selva amazónica. Quito (Ecuador): Editorial Ecuador, 2010.

RIVAL, Laura. Hijos del sol, padres del jaguar, los Huaorani de ayer y de hoy. Quito (Ecuador): Ediciones Abya -Yala, 1996.

http://www.museoamazonicoetnografico.ec/espacios-que-fomentan-la-comprension-de-la-realidad-amazonica/ [Acesso: 12 jul. 2013]. Museo Cicame: “Espacios que fomentan la comprensión amazónica”.

http://alejandro-labaka.blogspot.com.es/2011/09/la-prefectura-apostolica-del-aguarico.html [Acesso: 13 jul. 2013]

http://pdf.usaid.gov/pdf_docs/Pnadb954.pdf [Acesso: 13 jul. 2013]. Fundación Sinchi Sacha. Pueblos y culturas de América: Fundamentos Culturales para la iconografía y simbología artesanal de la nacionalidad huaorani. Proyecto de fomento de las artesanías tradicionales Awá, Cofán y huaorani. In-Traduções, ISSN 2176-7904, Florianópolis, v. 6, n. esp.– El escrito(r) misionero como tema de investigación humanística, p. 222-236, mar 2014.

 


[1]Grupo de investigación en Historia de la Traducción: investigación biográfica y traductográfica de traductores españoles e hispanoamericanos.

[2]Fray José María Vila fue uno de esos misioneros cargados de espíritu ecuménico que proyectó su impulso apostólico entre as poblaciones indígenas del Amazonas y sus afluentes […]. Posteriormente, tras aportar su contribución a la Orden Franciscana de Cataluña, partió nuevamente hacia misiones, cambiando su retorno a América por la misión en China, donde pasaría cerca de un cuarto de siglo […] p.15.

[3]Publicado por el museo Cicame: “Espacios que fomentan la comprensión amazónica”. http://www.museoamazonicoetnografico.ec/espacios-que-fomentan-la-comprension-de-la-realidad-amazonica/ [Acesso: 12 jul. 2013].

[4]Durante el verano de 2013 Ortiz de Villalba accedió a que tuviésemos una entrevista personal en Barcelona, durante la cual nos habló de sus andanzas misioneras, sus afanes y aficiones.

[5]  Se han publicado 43 obras de Juan Santos Ortiz de Villalba.

[6]  En cuánto al término auca, según el diccionario bilingüe quichua – español “caimi ñucanchic Shimiyuc Panca”, 1982, en su primera acepción significa: sin bautizo (tucui llactacupani). Tucui manarac shititishca runacuna. Persona que no se adapta a las costumbres de un pueblo. (II) Mana chican llactacunapi yacharic runa. Y en segunda acepción significa: soldado del incario. Incacuna pachapimana llactaman chican runacuna ama yacuchun nispha rucuriac runacuna.

[7]Ortiz de Villalba, Juan Santos: Los últimos Huaorani. Pompeya. Rio Napo. Prefectura Apostólica de Aguarico. Ecuador (1980), p. 19-20.

[8]8Laura Rival cit.según la Fundación Sinchi Sacha, pueblos y culturas de América: Fundamentos cuturales para la iconografía y simbología artesanal de la nacionalidad huaorani, p. 9.

[9]9Fund.Sinchi Sacha, pueblos y culturas de América: Fundamentos culturales para la iconografía y simbología artesanal de la nacionalidad huaorani.USAID Contract Ecuador 2005, p. 7.

[10]  Ibid., p. 8.

[11]  Ibid., p. 9.

[12]Ortiz de Villalba, Juan Santos: Sacha Pacha. Mitos, poesías, sueños y refranes de los Quichua Amazónicos. Cicame , Quito (Ecuador) 1989 p. 9.

[13]Ibid., p. 9

[14]14 Ibid., p.12

[15]Ibid., p.13

[16]Ibid., p.15

[17]  Ibid., p.155

[18]Ortiz de Villalba, P. Juan Santos: había una vez en la selva. Ediciones Cicame, Quito: Ecuador,1988, p. 10  


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