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¡HAGAN TODO LO QUE ÉL DIGA! ¡YA ES HORA!

El icono de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11) nos acompañará como Vida Consagrada en América Latina y el Caribe (CLAR) a lo largo de este trienio. Un texto lleno de vitalidad para hacernos despertar a una Consagración llena de amor, en fidelidad alegre y siempre nueva. Estas notas buscan como única finalidad: ayudarnos a confrontarnos en hondura con la Palabra de Dios para así beber y compartir el vino nuevo al que estamos llamados por vocación... una vocación carismática-mística-profética-misionera entusiasmante.

TODO INICIA EN MI PROPIO LUGAR Y TIEMPO

“Caná” (el nombre significa “adquirir”) no está lejos de Nazaret, apenas un poco más de una decena de kilómetros, en la región montañosa de Galilea; aquel entonces estaba habitada por un puñado de familias campesinas. El evangelista Juan coloca ahí los dos primeros “signos” de Jesús: la conversión del agua en vino (Jn 2,1-11) y la curación del hijo del funcionario del rey (Jn 4,43-54). Este lugar simboliza todos los “rincones”, incluyendo la Vida Consagrada, donde se juntan los corazones para celebrar alianzas de amor.

El cuarto evangelio no habla de “milagros”, como los sinópticos, sino de “signos”, porque quiere invitarnos a ver más allá de lo que perciben nuestros ojos, a preguntarnos quién es Jesús y cuál es su misión; se trata de revelaciones del Rostro de Dios en Jesucristo como nuevo Moisés. Las bodas de Caná es el primero y el prototipo de estos “signos” (serán 7 en total, número que indica la perfección), que se nos dan en lo cotidiano de la vida ordinaria. Es indispensable afinar el sentido del Espíritu para discernir el paso de Dios en los pliegues de nuestra propia historia.

El relato se abre con una indicación importante: “Tres días después”, de hecho (contando los días que anteceden en el capítulo anterior) se trataría del “sábado”, el día simbólico para completar la creación e inaugurar los “tiempos mesiánicos”. Contiene ecos de la Alianza del Sinaí, donde Dios reveló su gloria “al tercer día” (Ex 19,7-25). Nosotros no podemos dejar de pensar también al día “tercero” de la Resurrección del Señor (Mt 28,1; Mc 16,9; Jn 20,1), cuando nos hace pasar de la muerte a la vida. Es decir, todo indica que se trata de un kairós, el hoy de la salvación de Dios. Con este encuadre temporal todo el escenario está dispuesto para la epifanía del verdadero Mesías, el anunciado por los Profetas ha llegado (Jn 1,17.41.48).

Ahora toca a nosotros no distraernos en lo superficial o banal, y hacer que lo nuevo acontezca.

TAMBIÉN HOY LA ALEGRÍA ESTÁ AMENAZADA

La “boda” (matrimonio) en el Antiguo Testamento es la alegoría clásica para mostrarnos la relación de alianza entre Dios e Israel (Is 25,6-10). La boda es la fiesta humana por excelencia. Sobre este tema el profeta Oseas es característico: en esta relación esponsalicia, considera por una parte la infidelidad del pueblo (esposa) y por la otra se vale de esta traición para mostrar el amor incondicional de Dios (esposo), quien la conduce al desierto para enamorarla nuevamente: “Te haré mi esposa para siempre...” (Os 2,21-22; 2,4-25). Lo mismo otros profetas hablan de la compasión de Yahvé por la esposa abandonada o del anhelo inextinguible por ella (Jr. 2,2-5; 3,11-13; 31,22; Is 54,1-8; 62,4-5, Ez 16 y el Cantar de los Cantares).

La situación no podría ser más desastrosa, en medio de la boda ¡se les acabó el “vino”! El vino es fiesta, alegría, fuego para la danza y el canto. Sobre todo, en la Biblia, el vino es signo del amor (Cant 1,2; 7,10; 8,2); si se acaba el amor para qué celebrar una boda. La Ley inmisericorde había sustituido al Amor. La “abundancia” y la “calidad” (más de 600 litros) del vino nuevo denotan la plenitud del don de Dios ahora en Jesús. La celebración de un matrimonio podía prolongarse por varios días, con el vino nuevo ahora la era mesiánica y el festín escatológico no tienen fin (Mt 22,1-14; 25,1-13; Lc 12,35-38; Ap. 19,7-9). El maestresala no comprende la sorpresa que Dios nos hace al ofrecernos el “mejor vino” para los “últimos tiempos”. Dios no ha acabado de regalarnos su amor, lo mejor está por venir.

No les quedan sino “6 tinajas de piedra” (Ezequiel había denunciado el corazón de piedra 36,26) con algo de agua estancada. Las “tinajas” servían para contener el agua de las abluciones, la purificación ritual que realizaban los judíos. Son “seis” (número que indica la imperfección) porque falta la “séptima” de la intervención divina. Los simples ritos y leyes vacías no tienen sentido frente al vino nuevo que si puede llenar de fiesta a la humanidad. Seis eran también las fiestas litúrgicas de los judíos, que ahora son superadas por la única fiesta del Mesías. De hecho, continuando la lectura del capítulo segundo de Juan, vemos a Jesús entrando en el Templo para desenmascarar un culto transformado en ritualismo alienante y revertir la explotación de la fe de los pobres.

CUANDO DOS CORAZONES SE ENCUENTRAN

La “madre de Jesús” es la primera invitada, ella va a jugar un papel determinante. Aquí realiza plenamente su vocación de mujer y madre (como al pie de la Cruz Jn 19,25-27) en referencia a la humanidad entera. Ella con toda su capacidad femenina percibe de inmediato la gran necesidad: se han quedado sin vino en medio de la fiesta. Se lo comunica a su hijo, no le pide un milagro, no tiene soluciones, solamente se lo confía con fe. Toma el lugar del maestresala para ordenar a los sirvientes: “hagan lo que él les diga” (cf. Ex 19,8), y se hace a un lado. Son las últimas palabras que conocemos de ella y que nos ha dejado como herencia.

La intercesión de María hace que inicie la “hora” de Jesús. Aquí da inicio su ministerio profético, haciendo coincidir la Hora del Padre para Jesús por la intervención de María; al igual que con su “fiat” en el misterio de la encarnación. La “hora” no es algo mecánico ya determinado fijamente por Dios, sino toda la realización del plan salvífico del amor de Dios que culmina desde la encarnación hasta la Pascua. Va a ser en la Cruz donde su Hora llega a la máxima donación del amor incondicional, el “vino nuevo” vertido desde su costado traspasado (“brotó sangre y agua”) indica la plenitud de la “Hora”. María va acompañar la hora de su hijo Jesús con su fe, escucha de la Palabra, obediencia a la voluntad del Padre, servicio a la humanidad y acompañamiento a los discípulos.

“Jesús” participa gozoso, a la fiesta de la humanidad, lleva a sus discípulos. No llama a su madre por su nombre sino diciéndole el título de la nueva Eva, “mujer” (ella nos representa a todos), al igual que desde la Cruz cuando nos la entrega para que la acojamos en nuestra propia casa (“mujer” ahí tienes a tu hijo). La cuestiona con esa frase lapidaria: “qué nos importa a ti y a mí”, o según otra traducción “qué hay entre tú y yo” ... para enseguida actuar – una vez encontradas sus miradas y acompasados sus latidos - con toda la Misericordia que existe en el corazón de ambos. Si María anteriormente había usurpado el puesto del maestresala, ahora Jesús asume el rol del “novio” (como Juan Bautista lo había anunciado Jn 1,15.27.30), convirtiendo una boda destinada al fracaso (transformación total de muerte a vida) en una historia de alegría sin límites. Los discípulos son testigos y servidores de ello.

ENCENDER LA FIESTA HASTA LOS ÚLTIMOS RINCONES

El relato concluye: “así manifestó su ‘gloria’ y sus discípulos creyeron en él” (María había creído antes del milagro, los discípulos empiezan después). La “gloria” es la manifestación de la presencia de Dios en Jesús (teofanía). En el Antiguo Testamento su gloria se manifestó en el fuego en la cima de la montaña (Ex 14,16-17) ahora en cambio en la persona y acción de Cristo. Para que nosotros, experimentando su gloria en el corazón, seamos misioneros/as de su alegría por el mundo entero.

Asumir la Vida Consagrada desde la perspectiva de las Bodas de Caná es vivir el discipulado misionero como María, madre de Jesús, viviendo la inserción activa en la comunidad, atenta a las necesidades de los pobres y aportando su ser para desencadenar procesos de humanización desde el amor. Ella intuye cuándo la fiesta está a punto de arruinarse y nos acerca a su Hijo para que se actúe su “gloria” en nuestra fragilidad. Hoy la Vida Consagrada, haciendo todo lo que Él nos dice, continúa llenando tinajas secas, vacías, sufrientes... y haciendo saborear a raudales el vino mejor del amor.

PARA ORAR Y REFLEXIONAR

1. ¿Cuál es mi “Caná” y qué “signos” descubro en mi vida ordinaria?

2. ¿Percibo el “tercer día” (Kairós) en la Iglesia y en la VC? ¿Siento que Dios me pide algo nuevo?

3. ¿Cuáles son las grandes amenazas para la alegría del cristiano y del consagrado/a hoy? ¿Qué está matando la vitalidad en mi persona, comunidad, familia, iglesia y sociedad?

4. ¿Cuáles son las señales en la VC que manifiestan que “se nos acabó el vino”? ¿Cuáles son nuestras tinajas rotas?

5. ¿Qué debemos aprender de María, como mujer y madre, creyente?

6. ¿Quién es “Jesús” y que hace hoy en mi vida? ¿Hago lo que él me dice? ¿Me renueva?

7. ¿Considero mi misión como consagrado/a un compartir la fiesta que llevo dentro? ¿Soy constructor/a de solidaridad-justicia-fraternidad-gozo o lo contrario? ¿Creo realmente en esta vida alternativa de Dios? ¿Me comprometo? ¿Soy evangelio de esperanza?

P. Rafael González Ponce MCCJ

Presidente CER


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