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Monseñor Jesús Esteban Sádaba

nos habla de su misión

 

¿Qué hace Jesús Esteban en Ecuador?

Llegué a Ecuador en 1990 porque me hicieron obispo del Vicariato Apostólico de Aguarico que es una misión que llevan los capuchinos navarros desde el año 1953. Entonces la presencia de los navarros en el Ecuador data del año 1949, ya habían estado antes hacia finales del XIX. Mi presencia es desde el año 1990 como obispo sucesor de Monseñor Alejandro Labaka que había muerto hacía tres años y que estaban esperando a alguien que le sucediese y me tocó a mí.

¿Cómo vivió el salto tan importante que hay de vivir en España a ser obispo y misionero a la vez?

Tuve que aprender a ser ecuatoriano, a ser misionero y a ser obispo.

El primer año les dije a los misioneros que yo me iba a dedicar fundamentalmente a escuchar y que ellos me irían enseñando esos tres aspectos: a ser ecuatoriano, misionero y obispo. Realmente me tocó un equipo misionero muy bueno. Un equipo que ya vivía la misión con una tremenda ilusión. Nosotros ya desde niños en el seminario vivíamos la misión de Aguarico como algo que tenía mucha importancia. Allí había estado, entre los fundadores, un hermano de mi madre y yo tenía un hermano que, cuando yo llegué llevaba, ya casi 20 años. Así que conocía a través de ellos la misión y por supuesto a través de mis compañeros.

Pero sobre todo hay que estar muy atento a escuchar a los misioneros y a escuchar a la gente. Había una fuerza importante que todavía se mantiene que era la fuerza del amor martiriar de Monseñor Alejandro Labaka e Inés que creaba un cierto misticismo misionero y que se ha ido manteniendo durante estos 25 años que llevo yo, es decir, que existía una ilusión de esperanza misionera y de dedicación a los más desfavorecidos en un lugar olvidado de la nación.

¿Cómo ha vivido el tema de la invasión de las petroleras y el despojo de tierras de las comunidades indígenas? Creo que usted es un gran defensor de ellos.

El petróleo es uno de los elementos que ya desde el año 1970 se descubre en la zona amazónica y comienza a introducir cambios radicales en la sociedad. Hasta el año 1970 prácticamente el 90% de la población eran indígenas quechuas o huaoranis o de otras etnias, y desde entonces hasta ahora cambia totalmente el panorama.

Hay que atender dos aspectos. El primero el de la gente que viene como colonos porque en sus tierras no pueden vivir y vienen aquí y se encuentran con la selva que desconocen totalmente. Destruyen todo para plantar lo mismo que en su lugar de origen y al final la tierra no les produce lo que ellos esperan. Por otro lado los petroleros que abren caminos entre los árboles y crean situaciones de conflicto. Los dos dañan.

La primera reacción del indígena al verse invadido no es mala. Piensan que ellos tienen suficiente espacio y se retiran a otros lugares. Pero llega un momento en el que no hay tierra para todos y ahí es cuando aparecen los problemas.

El Vicariato siempre ha estado en un plan de diálogo, organizando a los indígenas, a los colonos y hablando con el Estado y con las petroleras para que se puedan hacer las cosas lo mejor posible, sabiendo que al final el petróleo se extraerá y que es necesario y que es bueno que se saque pero que se haga con el menor conflicto posible con las gentes. Esto puede hacerse si hay voluntad.

¿Qué problemas tiene el Vicariato de Aguarico para poder mediar entre tanta gente?

Durante años el Vicariato ha sido el que mediaba y que, diríamos, era la única autoridad, es decir, la autoridad más creíble. En este momento la sociedad civil ha progresado mucho, sobre todo en los últimos 20 años, de forma que la sociedad está tomando sus puestos. Ante esto la posición del vicariato siempre ha sido que conforme esta sociedad se desarrolla y puede ya realizar su obligación, el Vicariato se retira. Entonces el Vicariato tiene ahora autoridad para ir diciendo las cosas, no tiene autoridad para hacer o exigir. Esa autoridad no es la que necesitamos, a nosotros se nos respeta, no porque damos cosas sino porque ayudamos a que se organicen y eso es la principal necesidad. ¿Qué ocurre en la situación concreta y diríamos política de este momento? Que el diálogo es difícil con la autoridad central, quizá con la local es más fácil pero con la central es complicado.

Ahí tenemos los conflictos, son en temas de salud y educación. No hemos tenido problemas especiales, algunos sí pero no diríamos especiales, los conflictos han estado más en temas de exigencia de respeto a las personas y a los pueblos, en eso nos hemos tenido que meter y a veces hemos dicho cosas y planteado situaciones que no les saben bien a las autoridades, pero ya digo que es más con la autoridad central que con la local.

Cuando los misioneros llegan a un lugar asumen las funciones de un gobierno y cuando están las cosas más o menos organizadas tienen que ceder la gestión a las autoridades y quizás para que estas presten un peor servicio.

No son servicios mejores pero empiezan a no ser malos. Antes cuando llegué yo en el 90 eran mucho más deficientes que lo que son ahora, están mejorando, y eso es bueno pero no es el problema fundamental. Hay otros asuntos después como el respeto a la persona en el que nos hemos tenido que meter más. Con unos criterios que aparecen como más claros, nosotros hemos dicho que el respeto a la persona está por encima de cualquier otra cosa y si hay una falta de respeto nosotros lo denunciamos y la denuncia nunca es bien aceptada por el denunciado, pero ha habido momentos incluso que esa denuncia ha llegado por fin a ser comprendida y se ha aceptado como positiva y eso ha creado una situación nueva en esas realidades que es lo que se pretende porque si no, se acabará creando una situación peor.

Hablemos de arte. Los misioneros capuchinos han encontrado ánforas que tienen muchísimo valor y me refiero al cultural. ¿Qué están haciendo en este aspecto?

Bien, el vicariato, lo digo siempre, gracias a la sensibilidad de los misioneros que se encontraron con unos cacharros que la gente destruía por miedo, porque pensaban que eran como tumbas, tuvieron la sensibilidad de pensar que eso era algo válido y desde el año 70 empezaron a recoger vasijas que encontraban por los caminos y en las riberas de los ríos.

En este momento hay un patrimonio de unas 300 de un incalculable valor cultural y que se han ido exponiendo. Ha habido dos criterios. El primero y fundamental: “esto es de aquí y no sale de aquí” y se expone en el lugar y además sabemos dónde se ha encontrado cada uno de los objetos. Todos están bien localizados. Otro criterio ha sido evitar que estas piezas se las siguieran llevando. Los turistas que las veían por allá y que las sabían valorar se las llevaban a sus casas u otros lugares. Se comenzó a formar y concienciar a la gente conocer a sus antepasados. Comenzaban a tener historia porque allí no había pasado.

En este momento lo que se hace es que este patrimonio lo estamos entregando a la ciudad de Coca y se ha procurado y promovido que se cree un centro cultural.

La ciudad está creciendo –en 20 años ha pasado de 8.000 a 60.000 habitantes. Tenía sentido hacer un centro cultural con su museo en el que exponer todas estas piezas. No nos interesa que seamos nosotros sino que sea la ciudad la que vaya valorando. Nosotros lo que si queremos y estamos intentando y promoviendo es que de alguna manera nos hagamos presentes en ese centro cultural como los que vigilan que eso se cuide y ayuden a que luego se promueva entre colegios, centros y que los niños y jóvenes conozcan esta historia ancestral.

¿Cuál es el principal problema que tiene hoy su Vicariato?

El principal problema es la necesidad de sacerdotes. Nosotros tenemos 4 sacerdotes diocesanos y en total 17 para un territorio de 22.000 kms cuadrados y necesitaríamos 20 sacerdotes más. Así digo a los jóvenes cuando hacemos las confirmaciones. Yo llevo 25 años y muchos jóvenes confirmados en mi historia de obispo y no veo más que 3.

El crecimiento en población y sin sacerdotes es un problema serio para el Vicariato. Afortunadamente hay más de 1.000 catequistas que hacen una labor y que han mantenido y mantienen en las comunidades la vida cristiana. Esto es muy importante y hay que seguir con esta labor. En el siglo XXI se necesitan otras respuestas.

Las relaciones son diferentes y tenemos todavía unos elementos que son ancestrales que no hay que olvidar y que nos preocupa tener presentes. El grupo Huaorani, las minorías son los que ya han tenido contacto, son gentes que hace 40 años estaban en la selva desnudos, con Monseñor Alejandro Labaka. Se encontró con ellos y ahora están fuera, ya se han unido a la sociedad y llevan los teléfonos de última generación pero no han asimilado la cultura y les estamos exigiendo tener las mismas relaciones entre ellos y con la sociedad que nosotros tenemos, que la sociedad en general tiene.

Hay que buscar como orientarles y hay que protegerlos a ellos y hay que proteger a las gentes que todavía no tienen contacto. Aún hay culturas que no tienen contacto y necesitan protección y después siempre en medio está el petróleo. Además tenemos el tema ecológico con la explotación del Yasuní que es un parque natural de increíble biodiversidad que va a acabar explotándose.

Cuando vuelve de Ecuador y llega a España ¿Cuál es el principal choque?

No sabría decirle. Pamplona es una ciudad muy serena, tranquila, se puede estar, no tienes ningún problema, pero pienso que faltan muchos niños, muchos jóvenes que no los vemos, allí se encuentra uno con ellos por todos lados.

Veo que hay un problema grave, yo no sé, nosotros tenemos en américa latina el problema de la desintegración familiar muy grande. De una familia que es completamente diferente a la familia que tradicionalmente y cristianamente nosotros conocíamos, pero veo que aquí empieza a verse también eso, la realidad de los niños que tienen de todo, allí un niño con cualquier cosa se entretiene y quizás hasta sea más generoso, que el que se ve aquí, es posible. Me preocupa la familia que se desintegra tanto allá como aquí, ahora que el papa Francisco está queriendo meterse en todo el tema de la familia en estos dos sínodos, es una preocupación seria, como están las familias allá en nuestro colegio. El colegio Gamboa con más de mil ochocientos alumnos y otro a distancia con más de dos mil, y encontrar una familia que sea estable y que vivan con una cierta estabilidad, es muy difícil.

Hace pocos días me comentaban que la Iglesia tiene el mejor logotipo del mundo: la Cruz. Sin embargo, ¿Qué ocurre en este momento que no está siendo capaz de contagiar? ¿Quizás por eso hay menos vocaciones?

Donde yo vivo la Iglesia es muy valorada, otra cosa es que las exigencias de la Iglesia sean seguidas. Quizás no sepamos transmitir la alegría del Evangelio que dice el Papa. Hacerlo con ese sentido que realmente nos lo creamos, no sé si es que nuestras actitudes no dan o que pasa, pero si es verdad que por lo menos en Ecuador ha disminuido fuertemente la influencia de la Iglesia, aparece mucho menos en los medios de comunicación desde hace 5 o 6 años.

Se han producido situaciones fundamentalmente de tipo político. Para mí no sé si es importante esto o no. Creo que es importante que aparezcamos donde tenemos que aparecer más que estar en muchos sitios, aunque, a veces no aparezcamos donde tenemos que aparecer sino en otros lugares. Se nos compara con otras realidades y entonces no estamos haciendo realmente una acción evangelizadora porque si no es evangelizadora tampoco tiene sentido. Igual no sabemos dar la talla de cómo tenemos que plantear los valores cristianos suficientemente…

Creo que en el Vicarito tenemos una ilusión que se está contagiando en los jóvenes. Arriesgar la vida por el Evangelio. Veo que eso está calando mucho en nuestros jóvenes, era la ilusión de Alejandro e Inés. Debemos tenerlo muy presente. Eso cuaja mucho más que hablar de multitud de cosas. Ser misionero hasta arriesgar la vida, verlo así da alegría. Esperemos que así sea para todos.

 


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