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Miguel Ángel Cabodevilla

Arte, historia y petróleo en la amazonia ecuatoriana

 

Miguel Ángel Cabodevilla nace en Artaiz, pueblo cercano a Pamplona. Con 9 años va al Seminario Capuchino de Alsasua (Navarra) y comienza sus estudios.

Tiene muchos recuerdos de Alsasua pero uno le marca significativamente. Cuando tenía 11 años, escucha al misionero Miguel de Huarte que acude al Seminario para dar una charla a los jóvenes. El fraile apareció con una lanza de madera y habló a sus alumnos de los Aucas, una tribu salvaje de la amazonia ecuatoriana.

"Cuando le escuché yo estaba muy influido. Me gustaba mucho leer, en especial novelas de aventuras, sobre todo de Salgari. Recuerdo que mientras le escuchaba pensaba que algún día yo conocería a esas gentes. Aquellos de conocer a personas diferentes a mí me atraía mucho".

"Terminé la carrera y nunca viví en un convento. Con 24 años acabé los estudios y me ordené sacerdote. Fui a Ansoain, un barrio cerca de Pamplona. Allí vivíamos 3 capuchinos en un piso del barrio entre la gente y ahí comenzamos a construir una comunidad porque era un barrio que se estaba formando con emigrantes de otras partes de España. Esto era al comienzo de los años 70".

Durante 10 años trabajó en lo que entonces se llamaba sacerdote obrero, trabajaba durante el día en varias ocupaciones porque era un momento muy complicado en España. Estaba metido en sindicatos obreros y fue despedido de 2 ó 3 sitios. Pasó unos años bastante agitados.

En el año 84 llegó de vacaciones el misionero Alejandro Labaka. Habló con él y le invitó a ir a su misión en Ecuador.

"Entonces recordaba eso que nos contaba el P. Miguel de Huarte y pensé que era la ocasión para salir de una vida más habitual y para intentar lo que yo he creído siempre que tiene que ver con la misión. Es un reto, un desafío y es salir pero salir más lejos de uno mismo, es salir al encuentro de otra persona que es completamente diferente a mí, que tiene otra moral, otros principios, otros conceptos. Para mí es tratar de hacer un camino con él. Allí estuve desde el año 1984 al 2000".

¿Cómo fue tu primera impresión al llegar a Ecuador?

Bueno... fue muy curiosa. A mí siempre me gustó mucho leer y escribir así que mis compañeros me pidieron que escribiera porque a la gente en la selva le costaba mucho y nosotros, además, teníamos la costumbre de hacer pequeñas crónicas para nuestros hermanos. Así que me puse manos a la obra. Además era una forma de conocer porque cuando escribes te tienes que quedar en silencio, te tienes que poner a pensar, es como observar tu propia vida y la vida que está alrededor tuya, y entonces es como el desierto, te quedas solo y empiezas a observar mejor. Para mí escribir era observar. Era analizar lo que pasaba allí. ¿Por qué reaccionaban así? ... ¿Por qué actuaban así? .... era una forma de ayudarme a comprenderlo.

Recuerdo que lo primero que hizo Alejandro fue enviarme a un pobladito que se llama Shushufindi. Allí, en aquel entonces nacía de la explotación petrolera pero nacía en una tierra indígena y que estaba siendo invadida violentamente por el petróleo y por la colonización espontánea que surgía a través de las carreteras petroleras.

Estuve varios años y Alejandro me insistió en que me ocupara de los indígenas de esa zona. Él vivía en Coca y vino varias veces y me dijo ven conmigo que te voy a presentar a estas comunidades. Hice varios viajes por el río Eno... por el Aguarico... para conocer a las gentes de pequeños pueblos, a los Sionas, Secoyas y Cofanes. Fundamentalmente a esas comunidades y a otros grupos Suaras que eran emigrantes. Entonces mi vida allí fue una vida entre colonos de Ecuador y los ratos que dedicaba a mis giras por los ríos, que eran generalmente para ver, conocer y vivir unos días con los indígenas.

En el año 87 matan a Alejandro. Muere lanceado y nos tenemos que reorganizar. Los compañeros me piden que deje Susufindi y me vaya a una zona indígena y que me ocupe de esos poblados a los que se había dedicado Alejandro. Eran los Huaorani. Vivían dentro de otra zona en el río Napo, en una isla que se llama Pompeya, así que allí fui a pasar los 10 siguientes años, del 87 al 97.

Hemos leído mucho de ti sobre arte en la selva amazónica. ¿Cómo surge este tema?

En cierta ocasión me llevaron por el río Napo. A 50 Kms había una misión, la misión de Pompeya, donde tenía yo dos compañeros en ese momento. Cuando fui allí lo que más me llamó la atención, de esa zona de vida quichua, es que ellos tenían un pequeñito y muy humilde museo. Habían hecho lo que llamaban CICAME "Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonia Ecuatoriana", un centro pequeño, con pocos medios pero con un enorme trabajo ya. Por aquel entonces ya tenían un grupo de 15 ó 20 muchachos quichuas que habían recogido en su lengua todas las tradiciones, leyendas, mitos, cuentos e historias y lo habían puesto en bilingüe. Tenían, junto a las casas de los misioneros, unas casetitas de madera donde los chicos trabajaban en traducciones, pasaban sus escritos a máquina con unas máquinas de escribir muy rústicas. Trabajaban en plena selva y a mí todo aquello me maravilló.

Se estaba cumpliendo una cosa que Alejandro les había dicho. En el año 65 Alejandro volvió emocionado de la última sesión del Concilio porque se topó de frente con lo que para él era la verdadera Iglesia católica: unidad, cualquier raza, color, tipo, lengua... pero todos juntos. Le admiró la increíble humanidad recogida en esos obispos junto con esa apertura que tuvo el Vaticano. Su futuro lema surgió de ahí: "Las semillas del Verbo".

En todas las culturas hay "semillas del Verbo", hay un pre-nacimiento de Jesús, de Dios.

Cuando volvió Alejandro les insistió "Los misioneros han hablado aquí mucho pero tenemos que escuchar y aprender sus lenguas, tradiciones, culturas y a partir de ahí hacer nuestro trabajo". Así en el 77 fundó CICAME.

CICAME se fundó en Pompeya con 3 ó 4 compañeros y al inicio con 3 objetivos bien definidos. El de la recogida de tradiciones, a fin de convertirlo en material para escuelas, centros formativos, catequesis, etc.

El segundo de capacitación de gente. Todas las semanas iban grupos de hombres, mujeres, muchachos, niños... pasaban unas semanas allí donde los misioneros y empezaban a recoger sus historias y a contar como estaban organizados.

Entonces había tres problemas: la tierra, la cultura y la salud. La gente no tenía títulos de tierra y se la podían robar. La cultura, se debía mantener su propia cultura en las escuelas y educar a jóvenes y niños y el tercero la sanidad. Sobre estos 3 temas se hacían cursos y se trataba de formar a la gente. Formar a lo que entonces se llamaban "líderes comunitarios", gente que animase a la comunidad.

Volviendo a ese pequeño museo, había objetos de cerámica, algunos de piedra, que me parecieron fascinantes. Había estado en las casas de indígenas y veía que ellos utilizaban una cerámica muy pobre, rústica, elemental y técnicamente muy poco dotada. Sin embargo, allí en ese museo, vi cerámicas maravillosas. Cuando pregunté a los compañeros, me dijeron que aparecían allí, junto al río y que eran tumbas. Me contaron que eran de los siglos XI y XII. Quedé maravillado. Pensé, -aquí ha habido una catástrofe-. ¿Cómo puede ser que los indígenas actuales tengan una cerámica peor que la que se elaboraba hace 8 siglos?. ¿Qué había pasado aquí? Así comenzó mi curiosidad. Había una historia que no se había escrito. Que ni siquiera los indígenas de ahora la conocen. Me preocupé de una cosa que ellos no habían tenido tanto en cuenta: la historia. ¿De dónde venía este grupo indígena?, ¿Cuánto tiempo estuvo por allí?, ¿Cuál era su territorio?, ¿Cuáles eran sus vecinos?....

Además me parecía que también este estudio podía servir como argumento importante para justificar su territorio. Así empezó esta labor a la que cada vez fui dedicando más tiempo y más aún conforme cumplía años y físicamente me resultaba más difícil andar por la selva. Durante esos años recogí miles de datos y grabé muchas conversaciones. Apuntaba todo y luego con ello fui traduciendo algunos libros que hoy son parte de la colección CICAME.

Del arte y la documentación histórica al petróleo. Precisamente yacimientos de petróleo en esta zona de propiedad indígena.

Hubo varios intentos para extraer petróleo en la zona. En los años 20 y 40 estuvo la SHELL aunque no llegaron a sacar nada.

Las primeras perforaciones con éxito se producen a partir del año 65.

En 1967 ya están los petroleros en Coca y en el 68 ya la organización es a gran escala. En el 71 llega la carretera desde Quito a Coca. Esta fue construida en tan solo un año. Con la construcción del puente trazado sobre el río Napo la gente comenzó a aventurarse a entrar en ese territorio. A partir de aquí comienza una gran invasión de gentes, muchos traficantes de tierras y otros pobres que venían a buscarse la vida, a encontrar un lugar donde sobrevivir.

El estado ecuatoriano no existía en la selva, no se veía estado allí por ningún lado. No había carreteras, no había luz, los únicos que hacían las veces de estado eran los militares en la frontera y los religiosos en las misiones. De hecho el estado encargaba a las misiones todo lo que, en teoría, era su obligación. Por ejemplo la educación, la salud, hacer pistas de aviación, empezar a hacer algunas trochas, etc... todo se lo encargaba a las misiones porque ellos no tenían fuerza para hacerlo y además no les interesaba.

Sin embargo, cuando llegan las petroleras: TEXACO y CEPE, que es la petrolera del estado, digamos que de alguna forma el gobierno se hace presente en la zona a través del petróleo. Pero claro, al petróleo ni le interesa la gente ni le interesa la naturaleza ni le preocupa nada.

La actuación del estado fue desastrosa, más bien criminal. Realmente la petrolera representaba al estado, hacía su función. Así comienzan los primeros choques, cada vez más duros entre digamos dos representaciones del gobierno: la petrolera y las misiones. Al menos en nuestra zona las misiones empiezan a oponerse a -ciertas prácticas- y somos desde el principio los que organizamos -más tarde lo harán otras instituciones- a las diferentes organizaciones desde las que se pide a las petroleras que cumplan con las leyes.

¿Algún recuerdo que para ti sea muy especial?

La primera vez que Alejandro me pidió que le acompañara en un viaje, navegamos por el río Eno y más tarde por el Aguarico hacia unas comunidades Sionas y Secoyas, en concreto a "San Pablo". Alejandro me presentó al chamán (brujo). Fuimos a su casa. El piso era de tierra, con techo de hojas y sin paredes. Tenía unas hamacas y dormía sobre una corteza que echaba al suelo.

Se llamaba Fernando Payaguaje y su mujer Lucrecia. Eran sumamente amables y hospitalarios. Alejandro tenía una gran confianza con él. Su mujer era evangélica, perteneciente a un grupo que había sido captado por pastores ya establecidos allí.

Me llamaron muchas cosas la atención. Lo primero que Alejandro iba al culto evangélico. Yo le acompañé. Alejandro no hacía diferencia con esas cosas. Iba y participaba. Siempre dormía en la casa de Fernando. Sabía castellano, quichua y secoya, era un hombre que no sabía escribir pero hablaba estas tres lenguas. Hablaban mucho y sobre muchas cosas. Siempre he dicho que era el hombre más inteligente que he conocido en la amazonia y probablemente en toda mi vida. Además era un místico. No era cristiano, no conocía la Biblia, ni sabía de tradiciones cristianas. Le entrevisté varias veces y publique un libro, que lamentablemente fue mi primer trabajo y por cierto nada bueno, se llama el bebedor de Yaje (droga que ellos toman para tener las visiones y así ver un poco su universo espiritual).

Fernando me resumía así, brevemente..... se puede ser persona de dos maneras: una pasando sobre la superficie de las cosas y la otra tratando de conocer por qué suceden las cosas. Pero para saber tienes que meterte en el mundo de los espíritus, tienes que conocer el mundo de los espíritus solo ellos explican el por qué de las cosas. Él me describía el mundo como si fuera una caja que, a mí, me recordaba de niño cuando venían los títeres a Pamplona. Me decía que el mundo que vemos es el mundo de las marionetas y estas están movidas por hilos y elementos. El siempre quiso saber quién movía los hilos. Para eso hay que estudiar. No sabía leer, para él estudiar era experimentar. Primero a aprender de los grandes chamanes, después aprender la toma del yaje y después hacer sus propias experiencias con plantas. Fernando era un hombre sabio.

¿Qué ha supuesto para ti ser misionero?

Enriquecerse. Yo creo que cuando más aprendemos es cuando nos fuerzan un poco nuestros límites. La comodidad significa que los límites nos aprisionan y nos hacen pequeños. Cuanto más cómodos somos más pequeños nos hacemos. Las personas tenemos muchas capacidades para desarrollarnos y aprender.

Para mí la misión en la amazonia tuvo momentos a veces exigentes pero siempre fantásticos. Nos daba la posibilidad de ver otras partes de esto tan complejo que llamamos humanidad y que aquí tendemos a mirarlo desde un único punto de vista que es el nuestro. Allí las situaciones te dan otros puntos de vista.

¿Qué siente un misionero cuando vuelve a nuestra "moderna" sociedad?

Trato de vivir un poco algunas cosas que aprendí. Poro ejemplo siempre recuerdo una anécdota de un compañero mayor mío. Camilo Múgica, las poquitas veces que salía a Quito, me decía "llévame a una gran tienda donde haya muchas cosas". Le llevaba al Super-Maxi que es enorme y le preguntaba ¿Qué quieres?... Iba paseando por esos enormes pasillos y al final me sorprendía porque nunca cogía nada. Él decía ¡Qué montón de tonterías no necesito nada! Se iba y nunca compraba nada.

Recuerdo a Camilo porque una de las cosas que uno puede aprender allí es que las cosas son hermosas, hay muchas cosas bellas. A mí me gusta mucho ver una joyería pero jamás se me ocurriría comprar una joya. Te acostumbras a vivir con menos cosas y vives más libre.

Tengo compañeros que ven esta sociedad de una forma muy pesimista. Yo no. Creo que la gente es muy parecida en todas partes y creo que lo que cambia fundamentalmente es el contexto. Las personas nos dejamos llevar del contexto y, muy pocas -en la selva o aquí- somos capaces de superarlo y de vivir libremente.

Yo veía a la gente esclavizada por las cosas, también gente de la selva. Excepto a muy pocos. No somos tan diferentes, lo diferente son las circunstancias, las gentes no.

Cuando nos ha tocado vivir una época de carestía algunos decían -me muero sin esto- y no se han muerto y nos volveríamos a acostumbrar a vivir con menos. Cuando el viento viene de atrás y te empuja adelante hay poca gente que sabe prescindir de las cosas innecesarias.

 


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